viernes, 8 de octubre de 2010

La economía del kirchnerismo. El crecimiento pos-convertibilidad: rupturas y continuidades

Ponencia presentada en las Jornadas de Economía Crítica, a realizarse en Rosario del 14 al 16 de octubre




El crecimiento pos-convertibilidad: rupturas y continuidades


Pablo Anino, championverde@yahoo.com.ar

Esteban Mercatante, estebanm1870@gmail.com

Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx



Las tasas de crecimiento registradas por la economía argentina desde 2003 alcanzan niveles no registrados en décadas. ¿A qué se debe este cambio en la tendencia: una herencia de las transformaciones de la estructura productiva y la relación capital-trabajo establecidas por las décadas de implementación de políticas neoliberales? ¿O a los cambios en la regulación de la acumulación registrados en el último lustro?

Mediante el análisis comparativo de aspectos centrales, como la evolución de costo salarial, rentabilidad, inversión, gravitación del capital extranjero, y ahorro externo, buscaremos establecer y sopesar los elementos de cambio y de continuidad. Por último, buscaremos establecer qué perspectivas hay para los que fueron novedosos aspectos macroeconómicos desde 2003, el superávit fiscal y comercial, y el impacto de su devenir sobre el conjunto de la política económica.

Enfocado desde el punto de vista de la clase trabajadora y la situación que le impone el estado actual del capitalismo argentino, sobre la base del análisis se discutirá las alternativas abiertas hoy para avanzar en el objetivo de superar este sistema de explotación.

El crecimiento pos-convertibilidad: rupturas y continuidades


Los motores del crecimiento

Desde fines de 2002, la Argentina registra un crecimiento económico continuado a tasas récord. Incluso luego de los golpes de la crisis internacional en 2009, para este año los pronósticos no bajan del 6%. La pregunta sobre lo nuevo y lo que continúa en este ciclo, implica dos niveles: si se registra una inversión en nuevos sectores dinámicos que esté cambiando la configuración de la estructura productiva, y si las políticas del kirchnerismo (discursivamente neodesarrollistas) han tendido a impulsar transformaciones en la misma.

El ciclo de crecimiento iniciado en 2003 en el país, recibió un impulso externo común a la mayoría de las economías latinoamericanas, vinculado a la fuerte recuperación de la demanda internacional de commodities e hidrocarburos, con rasgos específicos, vinculados al abrupto desplome de la convertibilidad.

Pero en el caso de Argentina, a este estímulo se sumó desde fines de 2002 la recuperación de la rentabilidad que permitió la devaluación. Gracias a ésta el salario real cayó en un año casi un 30%, pero el costo para los empresarios de este salario cayó mucho más medido en dólares. Al recomponerse la producción (con mayor productividad por obrero) en 2003, la caída llegó al 45%. Para el año 2007, aunque el salario por hora (deflactado por el IPC) rondaba el nivel de 2001, el costo salarial estaba en un 80%, es decir, un 20% por debajo del nivel pre-devaluación. La misma devaluación permitió una baja de los precios en dólares, aumentando la competitividad y protegiendo el mercado interno de la competencia exportadora.

Estos fueron los dos motores, que permitieron un auge exportador de commodities, un fuerte crecimiento industrial centralmente enfocado hacia el mercado interno junto con la construcción, y desde el punto de vista macroeconómico, fuertes superávits comercial y fiscal.


Fuerte crecimiento con bajos niveles de inversión

Los elevados niveles de crecimiento, no estuvieron acompañados por un nivel general de inversión que acompañara estos niveles de crecimiento. La recuperación de la inversión fue bastante lenta, recién en 2006 rondó el 20%, de lo cual equipo durable representaba 8%. Para este año será un 21,5 %.

El contraste entre crecimiento e inversión, es más agudo si lo analizamos en el contexto de los niveles inéditos de rentabilidad alcanzada. Por el desplome del costo salarial que mencionamos antes, los niveles rentabilidad registrados entre 2003 y 2010, en lo referente al agro y la industria, están muy por encima de los registrados en la década precedente. En abstracto, una elevada rentabilidad haría esperable un aumento en los niveles de inversión, pero más bien ha ocurrido lo contrario. Salvo algunas ramas específicas (automotrices, siderurgia) existe un aprovechamiento de la capacidad productiva, y se realizan las inversiones mínimas para sostener –y no ampliar- el ciclo productivo, recomponiendo el capital amortizado. Ramas, como la mayoría de las que producen mercancías destinadas al consumo, están al tope de la capacidad y son las que realizan la menor inversión productiva. En ramas que producen insumos, como la petroquímica o la refinación, prácticamente no hay inversión. Por eso, aunque el impacto de la crisis durante 2009 disminuyó el uso de la capacidad instalada, esta volvió a estar al límite en muchas ramas con la recuperación registrada desde fines del año pasado, rondando en promedio el 79,5%. Los aumentos de la demanda se vienen respondiendo cada vez más con importaciones.

El discurso empresario culpa de la baja inversión a la “falta de seguridad jurídica” o a la “intervención estatal”, especialmente en sectores como la energía o combustibles, con tarifas reguladas. Pero lo cierto es que el mismo factor que permitió recomponer la rentabilidad, la fuerte devaluación del peso, encareció la importación de equipos, haciendo más costosa la inversión. La respuesta más general del empresariado ante las nuevas condiciones, fue aprovecharlas con las instalaciones productivas existentes, más que tomar nota de las mismas para realizar nuevas inversiones. Aunque busquen exculparse cargando las tintas contra el gobierno, la lógica de la rentabilidad capitalista hacía previsible estos resultados, que muestran que el tipo de cambio competitivo en sí mismo no puede conducir a una modificación de largo aliento en las tendencias que conforman la estructura productiva. Como señala Rolando Astarita: “Esto explica que el crecimiento sustentando sobre un tipo de cambio competitivo, E*, tenga constricciones de mediano y largo plazo. A medida que continúa la producción los equipos se desgastan, se sobreutiliza capacidad y la competitividad internacional depende más y más de mantener el tipo de cambio E*”1. La capacidad ociosa producto de la crisis de 1998-2001, dio un amplio margen para aprovechar las nuevas condiciones de rentabilidad permitidas por el tipo de cambio competitivo, pero al cabo de algo más de un lustro, vemos que no ha habido ninguna transformación productiva de significación; no han surgido nuevas ramas productivas, ni se dinamizó significativamente la inversión en las ya existentes –salvo en las pocas ramas que mencionamos antes. Aunque los cambios producidos por la devaluación vienen permitiendo un fuerte crecimiento que se ha recompuesto después del impacto de la crisis en 2008-2009, el mismo encuentra a mediano plazo la perspectiva de un límite en los niveles de inversión.

En paralelo a estos bajos niveles de inversión, la salida de capitales se ha mantenido casi constante en toda la última década, al igual que en las anteriores, y sumó u$s 65 mil millones entre 2002 y 2010, con los cuales llegan a u$s 225 mil millones los activos argentinos en el exterior.


Cambios y continuidad

Para sopesar qué hay de nuevo en el crecimiento pos convertibilidad, y que elementos son característicamente de continuidad, tenemos que considerar dos dimensiones diferenciadas: las transformaciones en la estructura productiva y el peso relativo de los distintos sectores del empresariado, y el rol de las políticas económicas para impulsar transformaciones, tanto en lo que hace a los objetivos propuestos como al éxito alcanzado.

Como ya señalamos, desde 2002 se registra un claro aumento de la rentabilidad, que benefició especialmente al agro y a la industria, dejando en un segundo plano los sectores más rentables de la década anterior. La reducción del costo laboral de 2002 puso a la estructura productiva heredada en un régimen de crecimiento diferente, sin conducir a transformaciones de la misma.

Podría argumentarse que este tipo de cambios llevan tiempo, pero no se ven siquiera los mínimos esbozos. El peso de la industria en el PBI, se mantiene detrás de los niveles promedio durante la convertibilidad, superando apenas el 17,5% del PBI que alcanzaba en 1998. A pesar de la rentabilidad récord y del gran volumen de producción anual, no hubo ampliaciones productivas considerables. Las firmas tienden a invertir lo justo para mantener la producción.

Si miramos el comercio exterior, veremos que aunque hoy las exportaciones duplican el valor de 1998 en dólares y tiene un peso mucho mayor en el PBI, esto se debe principalmente a los mayores precios de los commodities y algo menos al aumento de la cantidad exportada de los mismos. También aumentaron en precio y volumen las exportaciones de commodities industriales, como los de la rama siderúrgica que también registraron durante esta década un fuerte aumentos en la demanda a escala global. Aunque el nuevo régimen cambiario permitió la incursión de algunos nuevos sectores industriales en la exportación, como es el caso de varias pymes, las empresas de software o un aumento del turismo, esto no alcanzó una significación tal como para cambiar el perfil exportador.

Aunque este aumento de las exportaciones ha relajado las dificultades que implicó históricamente el comercio deficitario para el crecimiento de la economía nacional (la “restricción externa”) no se puede sostener que esta cuestión haya quedado resuelta de manera definitiva. Por un lado, porque la estructura exportadora sigue bastante concentrada en unos pocos rubros, la mayoría de los cuales son de baja agregación de valor, que en los últimos años registraron aumentos siderales en los precios que no responden enteramente –aunque sí en parte- a un aumento duradero de la demanda. Por otro lado, porque el alto crecimiento está permitiendo un crecimiento sin techo de las importaciones. Este año se proyectaba un superávit comercial de u$s 20 mil millones, pero probablemente cierre más cerca de los u$m 12 mil millones. Sigue siendo considerable, pero la diferencia da cuenta de un marcado crecimiento importador que está aumentando exponencialmente a pesar de las barreras que el gobierno ha buscado imponerle. Esto expresa de manera elocuente que la estructura productiva arrastra todas las consecuencias de la desintegración padecida desde mediados de los ‘70, pero aún agravadas: algunos estudios señalan que la importación por habitante a precios constantes es hoy un 33% superior a lo que era en 19982.

En lo que hace a las características del empresariado, es notorio que el nuevo contexto no ha revertido la tendencia al abandono de las actividades productivas por parte de los capitalistas nacionales. Ha continuado la venta de grandes empresas, a pesar de que estas mostraban altos niveles de rentabilidad. Ante el desafío de realizar nuevas inversiones o abandonar el negocio, este último camino ha sido la norma en la mayoría de los casos. Subproducto de esto, la extranjerización de la economía ha seguido en aumento: si consideramos las 200 empresas de mayor facturación, entre 1997 y 2007, la cantidad de compañías extranjeras pasó de 104 a 128. Como consecuencia, su participación dentro de la facturación total de ese grupo pasó del 65,5% al 77,3% en esos diez años3. La presencia extranjera se concentra en los sectores más rentables de la economía, la porción mayoritaria de las utilidades empresarias queda en manos extranjeras. Desde 2008 además, ha habido un marcado aumento del giro de utilidades a las casas matrices en el extranjero, por lo cual se han reducido aún más los fondos disponibles para inversiones.

Yendo a otro emblema del funcionamiento económico desde finales de los `70, el sector financiero liberalizado por la reforma de 1977, aunque éste quedó golpeado por el quiebre de la convertibilidad y durante varios sus actividades estuvieron limitadas, desde 2008 viene registrando formidables ganancias. Esto lo ha logrado ayudado por la política gubernamental que alimentó en 2008 la vuelta a mecanismos de “bicicleta financiera” mediante la especulación con el tipo de cambio (en una política que significó dilapidar varios miles de millones de dólares de reservas), y nuevamente en 2009 incentivó el negocio con títulos de deuda en default. Adicionalmente, el financiamiento al consumo a altas tasas de interés –que concentra gran parte de los recursos prestables- viene siendo otra fuente de pingües ganancias.

Por último, una de las expresiones más claras de la continuidad en que se ha mantenido la elevada precarización de la fuerza de trabajo. Casi un 40% de los trabajadores no se encuentra registrado. Entre los trabajadores que sí están registrados, existen distintos tipos de contrato flexible. Esto ha tenido importantes consecuencias. Por un lado, ha permitido mantener una presión constante por aumentos del esfuerzo arrancado a la fuerza de trabajo, tanto en lo que hace a las horas trabajadas como a los ritmos de trabajo. Producto de esto se da que, aunque con enormes desigualdades, el promedio salarial de los sectores registrados es hoy ligeramente superior en términos de poder adquisitivo que el nivel de 2001, pero con niveles mayores de producción y más tiempo promedio de trabajo. En ese sentido, vemos un claro aumento de la participación de las ganancias en la distribución funcional del ingreso desde 2002 en adelante, que sólo se revierte parcialmente en los años siguientes, pero manteniéndose siempre en niveles superiores la década de los ’90, mientras ocurre lo contrario con la participación del salario.

La fragmentación de la fuerza de trabajo también ha dado margen al gobierno para sostener algunas políticas de tinte reformista hacia la clase trabajadora, como impulsar las paritarias anuales, con costo limitado, dado que lo que allí se negocia repercute sobre una franja minoritaria de la clase trabajadora. La misma burocracia sindical que participa de las negociaciones salariales, es la que durante todos estos años de fuerte crecimiento ha mantenido a rajatabla la diferenciación entre permanentes y contratados, negando o limitando sustancialmente la representación de éstos últimos, sin pelear por su efectivización.

Poco nuevo, entonces, en lo que hace a la estructura productiva y las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo. Más bien se han explotado en un nuevo contexto los cambios que se habían ido imponiendo en las últimas décadas.

En lo que hace a la política gubernamental, el kirchnerismo, desde la asunción de Néstor Kirchner y luego con Cristina Fernández, ha coqueteado con la idea de que estaríamos ante un neodesarrollismo. Lo cierto es que desde un análisis de los ejes de la orientación económica no hay mucho sustento para estos planteos, tomados por varios economistas que simpatizan con el oficialismo. Sin duda, a partir de 2006, se registran numerosos cambios vinculados a una mayor participación estatal. Pero más bien, estas iniciativas están más asociadas a una búsqueda de contener el agotamiento del esquema -que ya pasaremos a analizar- evitando reformularlo. En este contexto, aunque el gobierno se presente como abanderado de la redistribución del ingreso y que los intelectuales kirchneristas hablen de “crecimiento con equidad”, uno de los pilares del crecimiento pos devaluación son los niveles de remuneración más bajos de los últimos treinta años. Como señalan incluso economistas no muy lejanos a la orientación del gobierno “la estructura productiva argentina genera tendencias regresivas para la distribución del ingreso”4. Las políticas kirchneristas de redistribución no modifican la estructura regresiva que se constituyó tras décadas de ofensivas neoliberales, sino que se apoyan en ellas, buscando mitigar algunos de sus efectos, conteniendo las demandas populares pero dejando indemnes los factores que generan la polarización social y la pobreza.


La disputa por los márgenes de rentabilidad

Podemos distinguir dos momentos en el crecimiento pos devaluación, uno que fue de alto crecimiento, alta rentabilidad, ligera recuperación de la inversión y crecimiento del salario real promedio luego de la fuerte caída. Esto comprende los años 2003-2006. Al año siguiente, empiezan a verse algunos síntomas de agotamiento del esquema. El punto nodal es el aumento del costo salarial, y una tendencia a la disminución de la rentabilidad.

Sólo por el peso de la devaluación, el costo salarial cayó un 30% en 2002; al recomponerse la producción (con mayor productividad por obrero) en 2003, la caída llegó al 45%5. Para el año 2007, aunque para el CEP el salario por hora (deflactado por el IPC) rondaba el nivel de 2001, el costo salarial estaba en un 80%, es decir, un 20% por debajo del nivel pre-devaluación. Por lo tanto, estamos ante una disminución parcial del margen de rentabilidad –aunque se mantiene por encima del nivel previo a 2001-, y por lo tanto del esquema de crecimiento pos devaluación que tiene acá su mayor punto de apoyo. En este contexto, la inversión que ya venía con una recuperación débil, no mantuvo el ritmo para ampliar la capacidad productiva, como se ve en la tendencia al aumento en el uso de la capacidad instalada.

Paralelamente, aunque en la inflación influyen un conjunto de factores, en su aceleración influyó en los últimos años la respuesta empresaria a la recomposición salarial. Una mejora del salario -sin alcanzar siquiera los niveles del pico de la crisis de la convertibilidad- y una caída relativa en la rentabilidad, empezaron a marcar la crisis del esquema, y están impactando en los precios y la inversión. El margen de tolerancia para la recomposición salarial en el esquema kirchnerista es muy bajo.

En 2009 la ofensiva patronal permitió una cierta recomposición de los márgenes: con el impacto de la crisis internacional, se registraron decenas de miles de despidos, y se limitaron las negociaciones salariales, que se ubicaron muy por debajo de la inflación. Esto contrarrestó ligeramente la caída previa de la rentabilidad, lo que junto con la demanda exterior explica los “excelentes negocios” para algunos sectores empresarios, aunque sin recuperar los niveles promedio de 2003-2007.


La inflación

La explicación de la inflación, no puede reducirse a un factor excluyente. Sobre todo porque el movimiento de los precios, hasta transformarse en un proceso crónico y difundido más homogéneamente en toda la economía como viene siendo en los últimos tres años, recorrió distintos momentos, donde estuvieron a la cabeza alternativamente, los sectores de bienes exportables, o los sectores de bienes y servicios de consumo exclusivamente local. De 2003 a 2005, luego de un fuerte aumento de precios de mercancías importadas y algunas exportables en 2002, tuvimos un efecto de transferencia de estos precios por toda la cadena agroalimentaria y otros sectores manufactureros que se fueron recomponiendo localmente gracias a la elevada protección que representó el tipo de cambio, y que mientras se recuperaron fueron elevando precios y márgenes. En 2005/2006 cobró más peso el aumento de los servicios (cuotas escolares, cortes pelo y un largo etcétera de cosas por el estilo). Paralelamente tenemos, sobre todo a partir de 2005, el impacto del ciclo de elevados precios internacionales de materias primas que aún continúa, que presionaron sobre los precios internos6.

A esto se agregaron otros elementos. Entre ellos, la lógica rapaz aplicada por las multinacionales en el área de los hidrocarburos con la venia del gobierno. La oferta de energía es menor que hace 10 años, y se importa combustible a precios internacionales (parcialmente subsidiado). Con el argumento de los mayores costos por la limitada capacidad, y acompañando la suba internacional y la lenta pero sostenida depreciación del peso en relación con el dólar, los combustibles aumentaron en 2009 un 23% en promedio, y el gasoil llegó a 33%. Esto tuvo efectos directos sobre el costo de vida, e indirectos porque los empresarios trasladaron los efectos de este aumento sobre sus costos.

También cabría considerar otros aspectos que afectan distintos sectores. Pero una cuestión central para explicar la persistencia del proceso inflacionario es la paulatina reducción en los márgenes de ganancia extraordinaria. Varios economistas han señalado que las altas ganancias fueron la “caja negra” del crecimiento argentino durante los años 2003-2007. Mientras que la inversión se recompuso moderadamente durante los primeros años luego de la devaluación, la disminución parcial de la elevada rentabilidad extraordinaria empezó a frenarla nuevamente y el crecimiento empezó a chocar con las restricciones de la capacidad productiva. Pero el elevado consumo acompañado del gasto gubernamental y las exportaciones, mantuvieron alta la demanda. Desde 2007, al tope de la capacidad en muchos sectores, la mayor demanda sólo fue respondida con alza de precios y aumento de las importaciones7.

La suba de precios se ha transformado además en una herramienta para mantener los márgenes, gracias a la cual los empresarios pueden resarcirse de los aumentos de salarios. La recomposición salarial ha encontrado un techo en el nivel más bajo al que llegó el salario durante la crisis de 1998-2001, y los intentos por sobrepasarlo han dado mayor impulso al aumento de precios, expresando una puja distributiva.


El tipo de cambio

La inflación de los últimos años ha ido licuando gran parte de la ventaja competitiva, aunque queda todavía un cierto “colchón cambiario” en relación al dólar. Además, la fuerte demanda y los precios de los granos sostendrán el superávit, a pesar del aumento de las importaciones.

Sin embargo, la inflación, que en lo que va del año se ha vuelto a acelerar, amenaza con erosionar rápidamente la ventaja cambiaria que aún queda. Se vuelve cada vez más contradictorio conservar el margen de rentabilidad –que da impulso al aumento de precios- y mantener la competitividad. Esto mina el modelo de dólar alto, apreciando el peso por la vía de los precios. Como impulsar una nueva suba del tipo de cambio podría acelerar aún más la inflación, mantener la ventaja competitiva depende cada vez más de lo que suceda en la relación de cambio entre el dólar y las demás monedas, un factor fuera del alcance de la política local.


El Estado emparchando el esquema

La respuesta kichnerista a estos problemas ha sido poner en juego mecanismos de contención, evitando avanzar en un replanteo más profundo del esquema de crecimiento. El pivote central han sido los recursos fiscales, aprovechando los saldos superavitarios gracias a la enorme caída del gasto en términos reales que significó la devaluación de 2002 y las nuevas fuentes de recaudación como las retenciones. De esta forma, los subsidios pasaron de $ 8 mil millones en 2007 a superar los $ 30 mil millones en 2008, y siguen en ascenso, superando los $ 40 mil millones en la actualidad. Paralelamente, se implementaron controles de precios y se intervino el INDEC, lo cual permitió un tiempo de “ilusión monetaria” que permitió que en 2007 los trabajadores tuvieran una caída de su salario en términos de poder adquisitivo.

Junto con los subsidios, se armó un complejo de intervenciones cuyo desmonte no haría más que profundizar la tendencia alcista de los precios. La ilusión de que la caja abundante permitiría al Estado enfrentar la inflación ha llevado al kirchnerismo a ingresar en una trampa, fracasando desde el punto de vista de encauzar los precios, pero obligado a sostener y aumentar las partidas presupuestarias destinadas a solventar la ganancia empresaria. Es así como la cuestión del gasto público, ya compleja por la carga de la deuda, se volvió cada vez más crítica.

El impulso para mantener los recursos necesarios para esta intervención, empujó tanto a la pelea con la mesa de enlace alrededor de la 125, como a la posterior estatización de los fondos de las AFJPs. El primer intento dio lugar a una enfrentamiento con uno de los principales beneficiarios del esquema pos convertibilidad, y generó un quiebre en los sectores empresarios, aunque sin dar lugar a un polo alternativo. Aunque son numerosos los sectores que cuestionan las medidas bonapartistas del gobierno, no hay hoy un sólido programa para el pos kirchnerismo, y medidas impulsadas como la rebaja de retenciones impulsada hoy por la mesa de enlace –cada vez más dividida- junto a sectores de la oposición no logran articular un bloque empresario alternativo.

El corazón de lo que el kirchnerismo llama “neodesarrollismo” es esta intervención estatal destinada a sostener las condiciones de rentabilidad frente a los síntomas de agotamiento del esquema. De lo que se trata es de responder con los recursos públicos y otras iniciativas, como el pacto social de hecho impuesto con la ayuda de la burocracia sindical dirigida por Moyano, que desde 2007 puso un techo a los salarios ligeramente por debajo de la inflación. Junto con esto han aumentado el “gasto social”, una forma de responder parcialmente a las enormes desigualdades que permanentemente reproduce el esquema que buscan sostener.


Un panorama fiscal no agobiante en lo inmediato, pero que acumula tensiones

Si un pilar del esquema pos convertibilidad es el superávit comercial, el otro gran pilar ha sido la holgura fiscal que se registró claramente en el período 2003-2008 con niveles de superávit primario que fueron del 3% al 4% del PBI. Esta situación se fue revirtiendo. El año pasado hubo un superávit primario de alrededor del 1,5% del PBI pero un fuerte déficit financiero. Esto hubiera sido peor si desde 2007 no se viniera aplicando distintos cambios en la contabilidad del resultado fiscal, que agrandan los números positivos. En 2007, el superávit primario de 3,2% hubiera sido del 2,2% si no fuera por los ingresos extraordinarios producto de la opción de muchos aportantes, reforma mediante, de pasar de las AFJPs a la ANSES, cuyo superávit pasó a computarse en el resultado fiscal general. El superávit financiero hubiese sido casi nulo sin esos fondos. El aporte de ANSES es más significativo en 2008 a partir de la renacionalización de las AFJPs. Sus recursos aportaron para llegar a un superávit de $14.633 millones luego del pago de intereses, cuando el fisco sólo alcanzó $6.114 millones. La liquidación de las AFJPs no garantizó el 82% móvil sino fondos a discreción del kirchnerismo. El año 2009 fue más complicado para cerrar las cuentas, y por eso se sumó a los recursos del tesoro ganancias de la ANSES, utilidades del Banco Central, y u$s2.500 millones que aportó el Fondo Monetario Internacional por Derechos Especiales de Giro (DEG), su “moneda”. Un total de $22.100 millones, sin los cuales el déficit primario habría sido de $4.800 millones y luego del pago de intereses habrían pasado a $29.200 millones.

Dos factores son clave para explicar esta tendencia al déficit: la deuda pública y los subsidios al capital. Sumadas, los pagos de capital e intereses, y los distintos beneficios concedidos a las empresas, representan más del 40% del presupuesto para este año. Han sido de los capítulos del presupuesto que más han aumentado en los últimos años, y marcan una tendencia a la expansión sostenida del gasto cada año.

En lo que va del año, la recaudación está muy por encima de lo presupuestado, aunque un factor clave para este resultado fue la suba de precios. De esta forma, el gobierno puede darse el lujo de anunciar nuevos gastos, que se pagan con el incremento de la recaudación por la inflación, y que no necesariamente representan un aumento del gasto total medido en términos reales. Más bien se trata de un ajuste sobre lo ya presupuestado, en beneficio de nuevas partidas.

Las presiones a la suba del gasto acompañadas por los mayores vencimientos de deuda, plantean un horizonte de profundización del déficit fiscal en beneficio de los capitalistas.


El “desendeudamiento” y el giro a los mercados

El kirchnerismo tiene en el “desendeudamiento” una de sus banderas. Pero desde 2005 hasta antes del último canje la deuda aumentó en u$s 18 mil millones, aún con los importantes pagos netos a los bonistas y organismos internacionales. Aunque con un perfil mucho más manejable después de los dos canjes, la deuda pública consume más de un 10% del PBI en concepto de intereses y capital.

La apuesta del gobierno cuando definió el canje de los bonos en manos de los holdouts en 2009, era subirse al veranito financiero que se dio gracias a los masivos desembolsos fiscales en EE.UU. y Europa para salvar a los bancos. El gobierno aspiraba a colocar nueva deuda a menos del 10% y lograr recursos para seguir aumentando el gasto.

Hasta el momento el canje ha fracasado en este objetivo. Pueden mostrar resultados relativamente exitosos en el nivel de aceptación, aunque el gobierno esperaba inicialmente que llegara al 80% y debió esforzarse hasta último minuto para lograr el 66%. Pero hasta ahora ha resultado imposible colocar nueva deuda en los mercados internacionales. Si la situación internacional se estabiliza parcialmente en los próximos meses, no puede descartarse que puedan emitir deuda a menos del 10%, pero por lo volátil de la situación, tampoco puede descartarse nuevas turbulencias financieras.

Por lo pronto, el gobierno deberá redoblar la presión sobre los recursos ampliamente utilizados en años previos: fondos fiducidarios, los recursos de ANSES, las ganancias y adelantos transitorios del BCRA.


Un panorama internacional cargado de incertidumbre

Desde finales de 2009 la economía internacional empezó a mostrar “dos tiempos”: menos caída en Europa y EE.UU. y crecimiento en China, India, Brasil y varios otros países. Sin embargo, las crisis fiscales con epicentro en Europa, acicateadas por los mismos bancos que tuvieron que ser salvados con los fondos estatales, ponen límites a las perspectivas de recuperación. Los estímulos fiscales implementados en 2008 y 2009 están venciendo; Europa está impulsando ajustes y deflación, por lo cual están descartados nuevos paquetes de gasto, y en EE.UU. no hay ni voluntad ni perspectiva de consenso para sostener los planes de estímulo. El mejor escenario es de un crecimiento anémico, el peor es una vuelta a la caída.

En este contexto, que Brasil y China -y otros países como la India- sigan creciendo contracorriente, se hace cada vez más difícil, tratándose de economías muy dependientes de la exportación. Estos países, y en menor escala varios otros, contaban con recursos acumulados en varios años de superávits comerciales y holgura fiscal, y los vienen usando masivamente. La continuidad de la expansión se ha vuelto muy dependiente de los fondos públicos y el crédito, que en el nuevo contexto internacional son menos abundantes. Frente a esto, el colchón de los años de bonanza es de corta duración.

Proyectar hasta fines de 2011 el repunte externo registrado este año resultaría temerario. Con todo, incluso aunque se mantenga el empuje externo, la economía argentina enfrenta, como hemos visto, amenazas en varios frentes.


El dominio de la burguesía perpetúa el atraso y la dependencia

La apuesta kirchnerista es clara: convivir con la inflación buscando que no se descontrole con los mecanismos aplicados hasta ahora, entre los cuales se impone mantener el techo al salario; continuar el aumento el gasto aprovechando los mayores recursos por recaudación que esta permite, y ayudados por todos los recursos que puedan conseguirse para llegar hasta diciembre de 2011.

Aún a costa de seguir aumentando la deuda pública, usar las ganancias del Banco Central y la caja de la ANSES, el kirchnerismo apuesta todos los recursos para mantener el gasto fiscal. Tanto la cuestión de los precios (que obliga a sostener e incluso aumentar los subsidios) como el problema de la deuda plantean una cierta tendencia creciente del gasto que no está sometida al manejo del gobierno.

Buscando contener las contradicciones del esquema sin reformularlo significativamente, el kirchnerismo prepara las condiciones para una crisis que muy probablemente vendrá por el lado de una inflación acelerada o la crisis fiscal, o ambas. Cuando no por un nuevo salto en la crisis internacional como se vio en la caída de la economía durante 2009. Frente a esta fuga hacia adelante buscada por el gobierno, la oposición ensaya medidas para adelantar los tiempos de ajuste. De una u otra forma, los costos caen sobre las espaldas de los trabajadores.

A pesar de varios años de crecimiento récord y condiciones favorables para mantener a raya la “restricción externa”, con un contexto macroeconómico estable más allá de la inflación, el esquema muestra sus límites en la escasa ampliación de la capacidad productiva. No se avanzó en superar en ningún aspecto las condiciones que caracterizan la dependencia. Los empresarios, tanto locales como extranjeros, han sacado provecho de las condiciones de alta rentabilidad sin apostar –ni aportar- a su sostenibilidad.

En las antípodas de la política kirchnerista, para cortar el nudo gordiano de la dependencia debe partirse de cortar con los mecanismos de saqueo imperialista: empezando por declarar el no pago de toda la deuda, que no ha sido más de un mecanismo de especulación de los capitales locales y ganancias de los bancos y bonistas extranjeros; imponer la nacionalización de la banca y el monopolio estatal del comercio exterior; expropiar las grandes propiedades agropecuarias para apropiarse íntegramente de la renta; y la renacionalización de los recursos estratégicos (como los hidrocarburos) puestos en manos de las rapaces empresas imperialistas.

Estas son sólo algunas iniciativas elementales, que impuestas por la movilización de la clase trabajadora, pueden permitir encarar seriamente el problema de la pauperización de la clase trabajadora, imponiendo el trabajo para todos mediante el reparto de las horas de trabajo y –en ese camino- estableciendo un seguro de desempleo acorde a la canasta familiar.

La clase trabajadora viene registrando un proceso de recuperación de sus organizaciones. Este movimiento, de cuestionamiento a la burocracia sindical tanto en el terreno de la lucha por la democracia en la representación sindical como en el cuestionamiento a los puntos más escandalosos de la colaboración de clases y del pacto social de hecho entre gobierno, empresarios y burócratas, alcanzó mayor visibilidad y extensión durante el año pasado con los efectos de la crisis (frente a la completa inacción de los burócratas sindicales frente a las decenas de miles de despidos). Tuvo un importante jalón con la lucha de Kraft, donde la patronal, aunque impuso despidos tuvo que retroceder de su plan original, y este año la iniciativa de los obreros de Kraft ha sido clave para perforar el techo del 20% extendiendo el 35% de la alimentación a otros gremios.

La apuesta a desarrollar este proceso es fundamental, ya que plantea las condiciones para que la clase trabajadora pueda proponerse acaudillar la lucha contra el imperialismo y por expropiar a los expropiadores capitalistas. Desde el Partido de Trabajadores Socialistas, hemos sido protagonistas de este proceso, y concentramos todos nuestros esfuerzos en su desarrollo para forjar al calor del mismo una organización política revolucionaria.


1 Astarita, Rolando, “Una explicación marxista sobre crisis cambiarias y financieras en países subdesarrollados”, disponible en www.rolandoastarita.com, enero de 2006.

2 Fernández Canedo, Daniel, “El aumento de las importaciones, una estrella de la reactivación”, IECO, Buenos Aires, 8 de Julio de 2010.

3 Elaborado en base al ranking publicado anualmente por la revista Mercado, sobre las 200 empresas de mayor facturación en el país.

4 Porta, Fernando, “No se ve nada nuevo”, El economista, Buenos Aires, 4/6/2010.

5“Empleo en la industria manufacturera. Una aproximación al período 2003-2008 bajo una mirada de largo plazo”, Centro de Estudios para la producción (CEP), dependiente en ese momento de la Secretaría de Industria y hoy del Ministerio de Producción.

6Los factores, tanto estructurales como coyunturales, de esta inflación internacional en los sectores de commodities agrarias, los hemos analizado en “¿Crisis alimentaria o hambre de ganancias?”, EconoCrítica nº 4, Suplemento del semanario La verdad obrera, Buenos Aires, agosto de 2008.

7 Aunque la producción cayó desde finales de 2008 y durante 2009, con la recuperación en curso el uso de la capacidad instalada vuelve a estar elevado en la mayoría de las ramas. Frente a la recuperación de la demanda que se registra desde principios de año -ampliada en el caso de muchos bienes de primera necesidad por el impacto de la asignación por hijo- las empresas han respondido a ella ajustando el margen vía precios. Con los primeros síntomas de recuperación la suba de precios recuperó el envión perdido durante la crisis.

2 comentarios:

Jorge Damián dijo...

Chicos, muy bueno como siempre el articulo!
para sumar creo hace falta justificar con datos concretos algunas de las afirmaciones y que le darian mas contundencia en pos de discutir desde el plano de las ideas.
saludos
jorge

Punto de Desequilibrio dijo...

Si, el apuro por llegar a las fechas de las jornadas nos dejó algunas afirmaciones poco pulidas.
Iremos viendo de avanzar con eso en nuevos posteos.
Salut!