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jueves, 30 de octubre de 2014

Hidrocarburos: una ley para que haya “muchos chevrones”




Publicado hoy en La Izquierda Diario

La declaración del presidente de la Comisión de Energía de la Cámara de Diputados, Mario Metaza (FpV), en su informe de ayer en Diputados, pinta de cuerpo entero el espíritu de Ley de Hidrocarburos que el oficialismo hizo aprobar luego de un apurado trámite por ambas cámaras. “Necesitamos muchos chevrones”, dijo Metaza, enfatizando la necesidad de contar con inversiones extranjeras para aumentar la producción de hidrocarburos. Curiosa forma de “soberanía energética” la que presenta el kirchnerismo: en aras del autoabastecimiento energético, meta con plazos inciertos para ser alcanzada, se embarga a perpetuidad los recursos del suelo en beneficio de las multinacionales.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Sobre las posibilidades de la energía eólica en la Argentina (Miguel Fernandez)

Para profundizar la evaluación sobre fuentes de energía alternativas a los hidrocarburos, Miguel Fernandez, geógrafo, nos envia una muy interesante contribución, que analiza las posibilidades de desarrollo de la energía eólica en el país, por lo general muy subestimadas.

El acuerdo YPF-Chevron y el desarrollo del fracking por tierras neuquinas hace a uno reflexionar si no hay otra posibilidad de producción de energía que no solo pueda ser desarrollada con tecnología que permita cierta independencia de los paquetes tecnológicos de las empresas imperialistas, sino que además su explotación y uso contamine lo menos posible.

La idea es demostrar que es viable técnica y económicamente la Energía eólica (EO). Que la producción de un 13% de electricidad consumida a partir de EO hubiera reemplazado la carísima importación de GNL a partir de buques metaneros y que hubiera producido la misma cantidad de energía que Vaca Muerta, pero el “precio” seria 7 veces menor.

Veamos cómo está compuesta la matriz energética argentina: el 40%petroleo, 49%de gas, 7% de hidroelectricidad y 1% energía nuclear. Esta son las 4 fuentes de energía del país, luego una parte del petróleo y del gas (el 30% del gas es quemado para producir electricidad) son convertidos en electricidad.

La producción de electricidad de argentina proviene de 3 fuentes principales: las centrales térmicas en un 67%, la hidroelectricidad en un 27% y la energía nuclear 5%. La Capacidad Instalada (CI) es de 29.000 mega watt (mw) y la producción anual es de 114.000 millones de kilo watt hora (114 mmkwh) mientras el consumo es de 124 mmkwh, la diferencia, 10mmkh, proviene de importación. La idea de presentar estos números, es para tener un panorama general de la energía, pero también para que se comprendan las dificultades técnicas y las posibilidades de la EO.

Pero antes de seguir, es la EO una forma de energía marginal en el mundo, algo así como la utilización de los coches eléctricos? La producción anual de EO en el mundo es de 282,6 mmkwh, representando el 1% del total de la electricidad mundial; pero, es 2,4 veces más que todo lo que produce Argentina; y en algunos países representa un porcentaje significativo, como en Alemania, que tiene una CI de 25.030 mw, en tanto en España y Dinamarca supera el 20% del total nacional. Algunos países han incrementado enormemente su CI en los últimos años como China y EEUU que ha triplicado su producción en tres años.

Para ello ¿qué posibilidades tiene Argentina?:

Potencial Teórico: la Patagonia tiene una superficie mayor a 700.000 km². Se calcula que extensivamente se puede poner 6 molinos o aerogeneradores por km². O sea se podrían poner sobre 1/6 de la superficie de la Patagonia 500.000 molinos. Un molino de mediano porte de 2mw produce 8.000.000 de kwh. O sea se podría producir 4 billones de kwh. El doble de quemar todo el petróleo de la producción anual de Arabia Saudita, igual a todo el consumo eléctrico de EEUU y 32 veces el consumo eléctrico de Argentina. Los vientos de la Patagonia son considerados, en la jerga eólica, de buena calidad, con alto capacidad de carga, superior al 45%, cuando los de Europa no superan el 25% de capacidad de carga. Es decir que de las 8760 horas anuales, un molino produciría durante por lo menos 4.000 horas. En tanto la mitad del país tiene una capacidad de carga mayor a 35%.

El tema es que cada forma de energía eléctrica tiene sus características, que el sistema interconectado nacional debe ser capaz de combinar. La nuclear que representa el 5% de la producción es estable a lo largo del tiempo. En tanto la hidroeléctrica, se puede acumular el agua en las represas y generar cuando más se necesita. Y la proveniente de quema de gas presenta la característica que como en verano hay bastante gas disponible y en invierno es escaso por el aumento en el consumo para calefacción hay un pico y un valle de producción respectivamente.

Entonces la producción es variable y debe ser planificada en relación al consumo que también es muy variable a lo largo del día y del año.

Bueno la eólica, menos controlable, se recomienda, no puede superar el 10% de la potencia instalada, sin embargo hoy España produce un 26% a partir de esta energía en tanto Dinamarca el 20% con picos de 57%.

La Argentina presenta otra ventaja frente a Europa (además de la “calidad” de los vientos) de que una gran parte (94%) de la CI es flexible, ya sea por centrales térmicas el 67% o por la hidráulica con un 27%.

Entonces, si se reemplazara el 13% de electricidad consumida a partir de EO se produciría 16 mmkwh a partir de eólica para no desestabilizar el sistema. Aquí, se hará un paréntesis de que este tipo de energía se puede transformar en otros, como por ejemplo producir hidrogeno en los momentos de excedentes, gas que se puede quemar, con un alto poder calorífico y que produce como residuo la nada contaminante Agua. Además de otras alternativas viables aun con la tecnología actual.

Pero dejaremos de lado esas variantes para sólo analizar cómo se podría utilizar directamente.

Los 16 mkwh se podrían producir en poco más de 300 km² en la árida Patagonia, o sea una dos milésimas parte de la región. De los cuales se ocuparían efectivamente una mínima parte de esta superficie, incluyendo las obras viales de acceso y demás infraestructura accesoria. Porque como se dijo anteriormente se calcula un molino por km², pero no es que el aerogenerador ocupe esas 16,6 hectáreas efectivamente, sino que es una separación técnica para que uno no afecte el funcionamiento del otro.

Si bien ninguna forma de producir electricidad es enteramente nociva, la eólica es de las menos contaminantes y se calcula que 6 meses de producción equivalen a la energía insumida. La contaminación sonora y visual son de los puntos en contra, pero la idea es siempre instalarlo en lugares apartados; en tanto el peor defecto es la matanza de aves con las aspas, cuestión casi resuelta si se realiza un estudio previo de rutas de migración de aves.

Inversiones necesarias. Se necesitarían unos 2.000 molinos de mediano a gran porte de 2mw de potencia. El precio de un aerogenerador de tales características es de 1,2 millones de euros, mientras que si consideramos como referencia los costos totales de un proyecto en México, el costo seria 3.200 millones de euros, es decir 4.500 millones u$, pudiéndose abaratar por ser un proyecto de escala. Considerando que el costo de construcción de un parque eólico representa el 80% de los costos totales, el costo final durante 20 años seria de 5.700 millones de u$. el resto lo representa los costos de operación.

Según la información complementaria buscada en internet se estipula un costo de us$ 1.200 el mw de potencia instalada. Para la potencia instalada de 4.000mw (que podrían producir la cantidad de electricidad antes formulada) serian necesarios 4.800 millones de dólares.


Para comparar con algunos elementos de la situación energética actual, haremos dos comparaciones:

· A : comparando con el reemplazo de GNL importado:

Con la producción anual se evitaría quemar 4.000 millones de m³ de gas, justamente la misma cantidad que ingresa por buques metaneros y que representa una erogación de 2.500 millones de dólares. O sea que en dos años se podría costear el proyecto y quedarían 18 años de energía gratis casi (Ya que se considera de bajo mantenimiento y con una vida útil promedio de 20 años).


· B: comparando con Vaca Muerta:

Según los cálculos publicados en Ideas de Izquierda Nº 2 la producción de 50.000 barriles de petróleo y 3 mm³ de gas diarios (perspectiva productiva de Chevron) que energéticamente representan más o menos igual magnitud energética que 4.000 mw de potencia instalada de EO, tendría un costo anual de US$ 528.155.000. Si la inversión en EO la amortizamos en 20 años habría que invertir US$ 285 millones anuales. Se podría decir que seria la mitad de costos. El tema es que Chevron no nos venderá a costo sino 3 veces mas el petróleo ( el costo es de 26 us$ el barril y el precio que pagaremos 74 us$, e incluso us$110 el 20% exportable); y 5 veces más el gas (costo de 1.4 us$, y el precio que pagaremos es de 7.5 us$ el mbtu), o sea que en promedio seria 7 veces más barato producir con EO que comprarle la misma energía (P&G) a Chevron.

La inversión se podría haber hecho con 1/7 de las reservas del Banco Central y en 2 años, como ya se dijo se recuperaría la inversión y se dejaría de drenar dólares hacia el exterior.

Desde ya que el caso hipotético es considerando que el Estado se hiciera cargo de todo la infraestructura y maquinaria necesaria para llevar a cabo tamaña empresa, sin los sobreprecios y la corrupción propia de todos los gobiernos de nuestro país.

Aun con datos conservadores se puede dar magnitud de las posibilidades. Desde ya que esta producción de energía es enormemente menos contaminante que el petróleo tanto al extraerlo y transportarlo como al quemarlo. Es así que la electricidad generada podría representar entre un 25% de la electricidad total, pero en todo caso para que no sea un negociado “verde” de un grupo capitalista, teniendo en cuenta el detalle que el mayor grupo empresario argentino especializado en producción de aerogeneradores es el grupo Pescarmona, que se ha beneficiado enormemente con la obra pública energética, debería, el Estado poner los recursos económicos, pero también los científicos a disposición de tal proyecto. Además solo analizamos como ejemplo la energía eolica, pero el desarrollo de la energía solar térmica, la geotérmica , la mareomotriz y otras fuentes renovables tienen en el territorio argentino uno de los países más ricos potencialmente.

No sería una medida intrínsecamente socialista, sin embargo el carácter semicolonial del Estado argentina y la sumisión al capital extranjero de la burguesía local como bien lo expresa el acuerdo con Chevron, niega profundamente que sea tarea de la burguesía alguna reforma media o menos que menos, profunda de la matriz energética, hacia una completamente independiente y con un impacto ambiental lo más cercano a cero. Sera obra de la clase obrera, incluso al principio utilizando la tecnología disponible; pero con el avance internacional y afianzamiento de la revolución socialista, desarrollando nuevas tecnología capaz que hoy impensada o por lo menos llevando las actuales a niveles muy alto de eficiencia. Es hoy tarea de los revolucionarios convencer y hacer una experiencia en común junto a los activistas y científicos ambientalistas de que la la teoría marxista es la única que plantea una solución radical y real al problema de la destrucción de la naturaleza. Para que, parafraseando a un activista, no terminemos conformándonos con: "peleamos por un cambio de sistema y nos ofrecen 10% de biocombustibles".

jueves, 18 de julio de 2013

Noventismo recargado. Todo sea por el fracking

Como señala Pablo Anino en La verdad obrera nº 531 de hoy, el acuerdo con Chevron, y el decreto nº 929 con el cual se le ha tratado de dar un marco más universal para que parezca menos escandaloso, constituye un nuevo pacto de dependencia. Todas las declamaciones de soberanía que se hicieron cuando se anunció la "expropiación" de Repsol (más adecuado llamarla una recompra) para volver a la muy noventista YPF S.A., así como las ilusiones que se hicieron muchos progres con el decreto 1.127 de que se terminaría la "commoditización" de los hidrocarburos, se estrellaron en el altar del fracking (fractura hidráulica, método con el que se explota las reservas llamadas "no convencionales"). A las empresas que invertan más de u$s 1.000 millones, es decir sólo a Chevron actualmente (ayudada de contabilidad creativa, ya que sólo 740 millones son para traer equipos y materiales, y el resto es para compensar a YPF por el trabajo en el terreno), se les garantiza que en cinco años podrán exportar sin retenciones el 20% de la producción, teniendo libre disponibilidad de los dólares; aún si no pueden exportar por necesidades del mercado interno se les pagará como si lo hicieran, a precios internacionales, y no estarán sometidas a ningún cepo para convertir a dólares el dinero de dichas ventas. Una recomoditización plena, enteramente en contra de lo planteado hace un año. 

El costado aún más oscuro, sin embargo, es la completa ausencia de cualquier problematización respecto del fracking. Si la actividad petrolera en sí conlleva posibilidades de contaminación al medio ambiente, por roturas de cañerías, mala cementación de los pozos, que provocan filtraciones por mal monitoreo ambiental, todo esto va a ser agravado con la fractura hidráulica en lutitas.

El Centro Tyndall la Universidad de Manchester del Reino Unido, realizó en enero de 2011, un estudio sobre el impacto ambiental por la extracción de gas en lutitas con este método (Tyndall Centre for Climate Change Research: «Shale Gas: A Provisional Assessment of Climate Change and Environmental Impacts», Universidad de Manchester, enero de 2011). El estudio fue realizado en EEUU donde el análisis del agua mostró sustancias con propiedades tóxicas. Se analizó 260 productos químicos usados en el fracking. De ese total, 17 fueron considerados tóxicos para organismos acuáticos, 38 tóxicos agudos, ocho cancerígenos probados y otros seis sospechados de serlo, siete elementos mutagénicos y cinco producen efectos sobre la reproducción. El riesgo depende de la concentración y la exposición de esas sustancias a los seres vivos; pero las cantidades empleadas (en una plataforma de seis pozos, de 1.000 m3 a 3.500 m3) sugieren que es muy elevado.

La investigación de la organización “Amigos de la tierra” con sede en Londres afirma que:
-El 25% de las sustancias químicas utilizadas en f.h. puede causar cáncer
-El 37% causa trastornos al sistema endocrinólogo
-Del 40-50% puede afectar al sistema inmunológico, nervioso y cardiovascular.
-Mas del 75% puede afectar la piel ojos, y sistema respiratorio.

Un estudio de la Universidad de Cornell en los EEUU relevó 24 establecimientos rurales en seis estados en donde se registró la contaminación de aire, agua y suelo por exposición a químicos del fracking, la muerte de más de 70 animales por ingestión de agua contaminada, deformaciones congénitas en animales (por ejemplo, sin cola) y serios trastornos reproductivos y gastrointestinales. Los científicos advirtieron que los químicos podrían aparecer en productos de carne o leche a partir de esos animales. 

Bajo presión de distintos movimientos contra la instalación del fracking, los estados de Nueva York y Nueva Jersey decidieron una moratoria de las perforaciones hasta contar con normas de control. La ciudad de Pittsburgh prohibió en 2010 el fracking en la zona urbana. En el estado de Ohio, donde se reportaron sismos y contaminación de acuíferos, se estableció en enero de 2012 una moratoria de tres años.

A contramano de estas tendencias, los "progres" dentro del elenco de funcionarios oficiales celebran el pacto de dependencia que abre las puertas al pirata Chevron para empezar una primer prueba piloto que prepare la instalación masiva de la fractura hidráulica en el país, entregando jugosas concesiones a cambio de una pequeña participación estatal en los beneficios, y una amplia socialización de los costos, que no serán otra cosa que masivas catástrofes sociales en los lugares donde se avance con estos métodos.

En contra de este camino, es urgente avanzar en alternativas que permitan suplir la energía desarrollada por combustibles fósiles. A la energía eólica, fotovoltaica e hidroeléctrica, se pueden sumar las generadas por la energía electromagnética y la utilizada con hidrógeno como combustible, con las denominadas “celdas de combustible”. Métodos completamente boicoteados por las corporaciones transnacionales (los vehículos fabricados por “Honda” solo pueden alquilarlos a sus empleados de Japón y California) a causa del poderoso lobby de los hidrocarburos. Sólo rompiendo verdaderamente con el imperialismo, partiendo de expropiar sus posiciones y estatizando el conjunto del sistema energético, podrá ponerse a prueba estas distintas alternativas. Es una tarea que sólo puede recaer en la clase trabajadora, empezando desde hoy por pelear por la estatización y control obrero de todas las empresas para enfrentar la nueva muestra de "noventismo recargado" del gobierno de CFK.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

¿Intervencionismo de qué clase?



En este blog, así como en numerosas contribuciones a La verdad obrera, le venimos tomando el pulso al intervencionismo K (ver por ejemplo aquí), una serie de medidas pragmáticas (y en buena medida chapuceras) que han dado en llamarse “el modelo”. Modelo que se ha querido identificar con la bonanza de estos años tratando de hacer olvidar que el corazón del crecimiento desde 2002 en adelante no responde a “modelos”, sino al brutal ajuste que significó la devaluación de 2002, combinado con la fortuna de los altos precios de los granos que el país exporta (como explicamos aquí). Lo que en el discurso es presentado como un intervencionismo virtuoso, conscientemente buscado para reemplazar al “mercado” con objetivos progresivos desde el punto de vista de los sectores populares, fue en realidad una respuesta “defensiva” ante las contradicciones que empezaron a surgir en el crecimiento económico pos devaluación, allá por el 2006. Como decíamos en otro post:

Cuando el “piloto automático” de las conquistas que logró el empresariado a costa de los asalariados empezaron a mostrarse insuficientes, allí apereció el Estado para paliar las contradicciones del esquema [...] Recién allí se archivo el “piloto automático + algunas restricciones” por una regulación más amplia. Cuando la inflación superó significativamente los dos dígitos, aparecieron los controles de precios, que rápidamente cedieron paso a la intervención para dibujar los datos del IndeK, acompañada de subsidios a los empresarios para tratar de que aumenten un poco menos los precios”.
“Sí, no todo el “intervencionismo” K apareció de golpe. Desde la salida de la Convertibilidad permanecieron congeladas las tarifas energéticas. Y sí, también se impulsó desde 2003 algunos tibios aumentos “no remunerativos” del salario, además de mantener los planes Jefas y Jefes implementados masivamente por Duhalde en 2002. Pero fuera de esto, el resto fue pura “macro”, aprovechar los superávit, esterilizar la emisión de pesos que se hacía para comprar los ingentes dólares del comercio exterior, negociar la deuda y pagarla generosamente (lo que luego pasó a denominarse de una forma más nac & pop como “desendeudamiento”).

Las declaradas virtudes del Estado, y su oposición al Mercado, eran más una cuestión de marketing discursivo que de convicción profunda. Las “forma” de parches (techos de precios o salarios, subsidios extendidos, importación de combustible a cargo del Estado, marcha y contramarcha con los ajustes tarifarios, impulso de planes como Petroleo Plus y Refinar Plus sin control, y suspensión abrupta de los mismos, y un largo etc.), nos remiten a un fondo, que es el de un carácter de clase del “regulacionismo” K. No ha sido “anti” mercado (ente abstracto si los hay) porque el sustrato último de la política era sostener la reproducción de la formación social capitalista argentina, mitigando las contradicciones que iban apareciendo haciendo uso de la “caja” fiscal para subsidiar a distintos sectores del capital (una pata de lo que nosotros hemos definido como “bonapartismo fiscal”) e introduciendo con el mismo fin algunos dispositivos de regulación apoyado en los atributos del Estado. Pero siempre en la búsqueda de solventar una cuota de la masa de ganancia para algunas fracciones del capital social redireccionando recursos de la renta agraria y otras fuentes. Aunque esto tenga como contracara algunos límites a los aumentos de precios o sea la manera de volver sostenibles para los empresarios algunas mejoras salariales, haciéndolos compatibles con ganancias normales (“normales” para la voracidad de los capitales que se valorizan en el país), y en ese sentido tenga un efecto “redistributivo” en relación con los asalariados, el objetivo es operar una compensación a los capitalistas. Para decirlo con todas las letras, estamos hablando de un intervencionismo del Estado burgués en beneficio de la burguesía, aunque su resultado haya sido también “distender” parcialmente las relaciones con las clases subalternas, creando algunas expectativas de mejoras en algunos sectores obreros y populares (que sólo se concretaron parcialmente para franjas limitadas, como las de los trabajadores privados registrados, y solamente si las comparamos con la situación catastrófica de la hecatombe de 2001). 

¿Cambio de paradigma?
La pregunta sería si las últimas medidas para el sector energético representan un replanteo de esta condición, un salto hacia un camino diferente, que rompa los marcos establecidos. Puede que así se lo figuren algunos de los protagonistas. También se lo figuran así algunos exponentes de la oposición patronal. El ex ministro de Economía Roberto Lavagna, salió a advertir una “sovietización” del sector petrolero ante los cambios en el marco regulatorio implicados por el decreto 1.127, complemento de la ley de “recompra” parcial de YPF.
Tanto en el caso del sector petrolero como en el del sector energético, el Estado ya no se limita a “poner la mosca” y establecer alguna meta y uno que otro mecanismo de control muy general. Ahora se proponen trabajar sobre la base de un conocimiento riguroso de la estructura de costos de las empresas, sobre la base de determinar para los mismos una “rentabilidad razonable”, en palabras del viceministro de Economía, Axel Kicillof. Uno de los puntos enfatizados sería el seguimiento de los planes de inversión, con la amenaza, en el caso petrolero, de revertir la concesión de áreas con inversión insuficiente. Un rasgo central que orienta la nueva intervención en el sector energético e hidrocarburífero es empujar las inversiones que no ocurrieron durante todos estos años para aumentar la capacidad de generación del sistema. 
Pero, como sea que se figuren esta gesta sus protagonistas –y los acérrimos defensores de la libre empresa que lanzan sus dardos contra lo que pretenden identificar con tendencias hacia un “capitalismo de Estado”- lo cierto es que esta “radicalización” llega para limpiar los platos después de la fiesta. Aunque ahora los parches hayan sido reemplazados por planes sectoriales un poco más integrales, estos no hacen más que administrar el pasaje de la situación de abundancia a una de escasez. Abundancia de recursos fiscales, que permitieron que el Estado sostuviera con subsidios la ecuación de negocios de las empresas, y abundancia de dólares, que hizo soportable la gangrena de un sistema que mostraba numerosos agujeros que debieron cubrirse con importaciones de fuel oil y gas.
Si se observa un intento de subordinación y de comando por parte de los funcionarios gubernamentales para coordinar esfuerzos -objetivo de resultado incierto- esto evidencia la constatación de la magnitud del fracaso del esquema previo para contener las contradicciones, y la imposibilidad de sostenerlo en tiempos en los que se impone la “sintonía fina” del ajuste. 
Sin embargo, la mayor intervención en el sector no significa que mágicamente aparecerán los recursos para financiar las inversiones. Ni éstos, ni la “rentabilidad razonable” (algo que para las empresas de distribución de electricidad que están al borde de la convocatoria de acreedores fue como música para sus oídos) podrán tener otra fuente que un aumento de tarifas. 

Sin escape al ajuste
Ya lo estamos viendo en YPF. Si apenas anunciada la recompra de la empresa algunos periodistas oficialistas se ilusionaban con las tarifas preferenciales que podrían establecerse en beneficio de algunas regiones del país, el camino trazado va en otro sentido. El plan de Galuccio cuenta centralmente con los recursos de YPF para financiar la inversión, lo cual sólo será posible aumentando las tarifas, objetivo que fue parte de los anuncios del pasado jueves. Y en GNC hemos visto también un aumento, de nada menos del 300%, para el precio pagado por las estaciones. Aunque aún no se ha trasladado a las tarifas cobradas por las estaciones, esto es sólo cuestión de tiempo. 
El ajuste que ahora se impone es el producto de haber preservado los marcos regulatorios de las privatizaciones, dejando a todas las empresas firmes en sus posiciones y al mando de los planes de inversión, aunque limitando los ajustes tarifarios. Una especie de esquema “mixto” similar al del transporte ferroviario, cuyas consecuencias trágicas saltan a la vista. El aporte de recursos estatales permitió que las empresas mantuvieran su rentabilidad, pero con un “modelo” de negocios basado en administrar la capacidad instalada, sin siquiera invertir para recomponer los generadores de electricidad que llegaron al fin de su vida útil. De esta forma, las ganancias de los operadores (tanto en la generación como en la distribución) tuvieron como condición la no inversión, se produjeron a costa de un desgaste sin reposición del capital fijo, con aval del Estado. 
Que ahora se propongan profundizar el rol estatal en orquestar el funcionamiento del sector petrolero e hidrocarburífero, no permite ocultar el carácter tardío de esta iniciativa, que no hace más que sacar de las manos empresarias una papa caliente. Y que no va a evitar los ajustes que el gobierno estuvo rehuyendo durante estos años, pero sólo al precio de patearlos para adelante haciendo que su carga se haga cada vez más onerosa.
Mientras tanto, en paralelo al reemplazo del marco regulatorio bajo el cual se produjo la privatización del sector, que fue propagandizado por medios oficialistas como la “descomoditización” de los hidrocarburos (es decir que ya no serían una mercancía sometida al lucro), las nuevas formas de asociación previstas por Galuccio proyectan entregar a las multinacionales que se asocien con YPF el 50% de la producción obtenida en los proyectos conjuntos. Si le suena parecido a la entrega frondicista (una política bastante “comoditificadora”) no es ninguna coincidencia.
Mientras tanto, hay nuevos jugadores que entran al sector. Bridas compro Esso y se transformó en la segunda petrolera del país. Sin duda, un indicio de que esperan que no haya tanta "descomoditización" como para impedir que puedan hacerse buenos negocios.


Dime donde ajustas...
Pero no sólo aumentos de tarifas y combustible se auguran como resultados de la intervención. También podemos prever, en aras de la productividad y de los márgenes de rentabilidad “razonable”, una presión reforzada sobre los asalariados, poniendo límites más estrechos a los aumentos salariales e incrementando las exigencias durante la jornada de trabajo, a los fines de disminuir el costo salarial. Esta mayor dureza ante los intentos de recomposición salarial estuvo presente en todas las negociaciones paritarias de este año, pero todo sugiere que se expresará de manera reforzada ante los asalariados de estos sectores críticos. 
La idea de que puede haber una tangente en la cual se pueda preservar las relaciones de producción capitalistas y a la vez sobreponerse a sus contradicciones mediante la regulación del Estado, cuadratura del círculo que en tiempos de vacas gordas parecería posible, en tiempos menos benignos se revela como completamente utópica. Los superávits gemelos (en la situación fiscal y en el sector externo) confirieron al Estado una capacidad de arbitraje y permitieron durante un tiempo administrar el agotamiento del esquema posponiendo el ajuste. Sin esta base, todo lo que puede administrarse hoy es sobre quién caerán los costos del ajuste. La preparación para descargarlos sobre los usuarios y los asalariados del sector, y de reorganizar el esquema energético en función de los requerimientos de la reproducción capitalista en la Argentina, despejan cualquier duda sobre el carácter de clase del intervencionismo orquestado por el viceministro Kicillof y su troupe.

Por una salida de otra clase
La cuestión energética es la expresión más saliente de la condición dependiente y semicolonial del capitalismo argentino. Frente a estas alternativas de hierro del capital, ya sean los ajustes ortodoxos por los que apuestan sectores empresarios y de la oposición patronal, o la variante K de ajuste heterodoxo, es necesario fortalecer una alternativa obrera y socialista que ataque de la raíz la dominación  imperialista y sus posiciones en este sector fundamental, expropiando el conjunto de las empresas del sector energético para organizarlas en un plan conjunto sustentado sobre la base del no pago de la deuda, impuestos a las grandes fortunas y la apropiación integra de la renta agraria e hidrocarburífera.

martes, 17 de abril de 2012

La “expropiación” de YPF: El diablo está en los detalles

Finalmente, luego de unos meses de “pirotecnia verbal”, seguidos de algunas medidas sobre posiciones marginales de la petrolera Repsol en la Argentina (aún no se ha concretado la quita de licitaciones de ningún pozo de producción significativa) el gobierno de Cristina Fernández ha ido “por todo”. Bueno, en realidad, ha anunciado que irá por el 51% de “todo”.


Aunque la semana pasada daba la impresión de que el gobierno iba a recular por la fuerte presión del Estado Español, sumada a las dudas de algunos gobernadores, finalmente avanzaron rápidamente, sorprendiendo a los propios españoles, que ayer anunciaban que desde el viernes parecía haber una distensión y un clima de negociación.


El proyecto tiene el rimbombante título de Ley de Soberanía hidrocarburífera. Algo que, reconozcámoslo, poco ha preocupado al kirchnerismo durante estos años, si juzgamos por las felicitaciones recibidas por Repsol y otros popes del sector (como Bulgheroni) durante las gestiones de Néstor y Cristina, al tiempo que la producción caía (desde 1998 en petróleo y desde 2004 en gas), las reservas se deterioraban y también lo hacía el autoabastecimiento. Si definimos el autoabastecimiento por el saldo comercial sectorial, este terminó con el déficit del año pasado en petróleo y gas de 3.029 millones de dólares. Pero mucho tiempo antes, desde la propia privatización, cuando se abandonaron explotaciones poco rentables y se redujo al mínimo la exploración, podía preverse esta tendencia. Como en otros planos, el afán estatista del kirchnerismo ha aparecido acá también sólo cuando las falencias del mercado o y de los empresarios (imperialistas y socios locales) crean una situación insostenible. Digamos, de paso, que la política hidrocarburífera k se caracterizó desde el comienzo por una importante contradicción entre mantener las posiciones del capital privado (y extranjero) en el sector, y poner algunas trabas a la rentabilidad limitando los precios internos (aunque en los últimos años se permitieron fuertes ajustes). El resultado, no podía ser de otra manera, fue la explotación “rentística” de los recursos petroleros cuyas consecuencias saltan a la vista (ya que de lo contrario las empresas hubieran debido resignar ganancias, lo cual no está en su ADN), “modelo” que hasta hace poco la presidenta reivindicaba.

Notemos que, al contrario de lo que afirma Zaiat hoy, el proyecto sólo declara de "interés público" el autoabastecimiento, pero no es equivalente a una declaración de los recursos hidrocarburíferos como estratégicos. No cuestiona ni la "libre disponibilidad" por parte de las petroleras ni "el ruinoso concepto de materia prima (commodity)" como pretende este periodista. En todo caso le pone el límite de garantizar la provisión local, aunque en los hechos esto sólo se traduce en el avance sobre la propiedad de YPF, ya que la ley no menciona ningún cambio sobre las condiciones de explotación del resto de las petroleras.

El nombre de Soberanía hidrocarburífera queda bastante grande para un proyecto que sólo adquiere (pagando peso por peso) el 51% de una empresa que, aunque con posición dominante en el sector, no produce más de un tercio del petróleo, y 30% del gas que se extrae en la Argentina. En el caso del petróleo, la siguen muy de cerca Pan American Energy (17%) Chevron (8%) y Petrobras (7%). En el del gas, Total Austral controla un 25%, Pan American un 11%, y Petrobras un 9%. Sólo en el caso de la refinación de petróleo YPF concentra el 54%, pero acá también Shell mantiene una posición importante (19%) y el empresario K Cristóbal López está en tercer lugar con Oil M&S (9%). Como se ve, una medida que sólo vaya contra Repsol se queda bastante renga, no sólo para controlar efectivamente el grueso de la producción, sino para plantear la más mínima soberanía, cuando el grueso del capital en el sector es de origen extranjero, exceptuando a los empresarios amigos.


Sin embargo, proponen, el proyecto de ley hidrocarburífera vendría a resolver de un plumazo los problemas del sector. Aunque resta ver la implementación de esta ley y cómo operará el Consejo Federal de Hidrocarburos, ya podemos abrir varios interrogantes, que surgen de la propia ley. La misma, por empezar, mantiene a YPF como una sociedad anónima, en el contexto de un sector donde, como vimos, existe todo un conjunto de empresas que intervienen en las distintas fases de la extracción y refinación. Los criterios de rentabilidad conservarán su peso, en un contexto competitivo. Sin cuestionar la preponderancia del capital privado –y extranjero- en el sector, ¿cómo frenar la dinámica de desabastecimiento y alza de precios? ¿Acaso puede YPF SA no continuar el alza de precios? ¿De dónde va a salir el dinero para las inversiones que no hacen los privados, y sin las cuales no va a lograrse ningún “autoabastecimiento”? ¿O es que la “soberanía energética” incluye “tarifazo para todos” (menos para Aerolíneas quizá)? El esquema elegido no parece dejar mucho margen: o se continúa con los ajustes de precios de las naftas, o la soberanía energética quedará para los discursos (aunque los propios ajustes de precios nada aseguran como vimos estos últimos años).


Es en el terreno de las inversiones donde la proyectada “soberanía energética” se muestra más floja. El gobierno reclamaba en días recientes a Repsol que aportara 15 mil millones de dólares en inversiones. Tal vez sea que el Estado va a poner este dinero que no ha desembolsado la compañía. ¿Será tomando el capital de reserva de la compañía, y las utilidades futuras para focalizarlos en inversiones? Es una posibilidad. Sin embargo, hay otras urgencias, y estas suelen concentrar la atención del kirchnerismo. Alguien tiene que hacerse cargo de la factura de importación de combustible de este año, que, todo lo indica, va sumar entre 12 mil y 14 mil millones de dólares. Además, seguramente YPF será llamada a poner el hombro para ayudar a compensar el déficit de Aerolíneas. Todo esto podría rápidamente concentrar buena parte de los recursos ganados con la expropiación, dejando poco espacio para los esfuerzos de mediano o largo plazo, que son los que podrían alterar el balance energético.


Así como ocurre con la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, todo indica que la expropiación parcial de las acciones de Repsol será puesta al servicio de las urgencias, y no de concentrar recursos para enfrentar problemas estructurales. La consecuencia, pasado el tiempo en que estas medidas dan (abundante) oxígeno a la política oficial, es que los problemas siguen allí, sólo que profundizados. El gobierno “nacional y popular” permitió que la dependencia energética se fuera profundizando durante todos estos años, opinando que la holgura extraordinaria de los superávits comercial y fiscal logrados con el brutal ajuste de 2001/2002, duraría por siempre. Como en otros terrenos, la política energética K fue dilapidar recursos en repartirlos generosamente a la burguesía (“nacional” e imperialista) mientras los hubo. No olvidemos los programas Petróleo Plus y Refino Plus lanzados en 2008, que significaron más de 1.500 millones de pesos al año, para subsidiar a las empresas con el objetivo de aumentar la producción (lo que no ocurrió) y que en buena medida beneficiaron a los exportadores, es decir a quienes vendían en el exterior los recursos que acá escasean. ¿Cambiará el ingreso del Estado a YPF esta lógica de la política hidrocarburífera? ¿O dará más recursos para administrar una abundancia poco duradera, y seguir pateando los problemas hacia adelante? Nos inclinamos por la segunda alternativa.


Por supuesto, también está la posibilidad de que el kirchnerismo haga un poco de “frondizismo”, es decir ponga proa al autoabastecimiento, abriendo el juego a otras multinacionales imperialistas. Los recursos no convencionales de petróleo y gas son de tal magnitud que podrían convertir a la Argentina en un país petrolero (gasífero ya lo es), y no sólo un país con petróleo, diferencia sutil pero no desdeñable. Podría conjeturarse si, además de las urgencias inmediatas, la posibilidad de esta formidable renta no fue lo que empujó el súbito fervor soberano del gobierno nacional y los gobernadores.


La dificultad que se presenta, es que la explotación de estos recursos requiere formidables inversiones en tecnología, y tiene largos tiempos hasta que las explotaciones puedan ser aprovechadas económicamente. Esto escapa a los recursos que el gobierno podría dirigir hacia el sector, considerando que ya la compra de las acciones le significará un desembolso considerable. Por eso, como prevé la ley, una “integración del capital público y privado, nacional e internacional, en alianzas estratégicas” podría venir a salvar las dificultades. Es decir, haciendo como Frondizi en su momento, el gobierno podría buscar el autoabastecimiento de la mano de un acuerdo con las privadas. Exxon móvil ha desarrollado en EEUU tecnología que podría permitir explotar el shale oil en el país. Podría cambiarse, entonces, una situación de control de la principal empresa hidrocarburífera por el capital extranjero, a una empresa con mayoría de propiedad estatal que realice leoninos contratos con el capital privado. Al modo como Frondizi logró el autoabastecimiento, alimentando la entrada de las petroleras extranjeras y dando en concesión grandes extensiones (por una supuesta exploración que en realidad ya había sido hecha en buena parte por YPF), aparte de garantizarles cuota de mercado para los productos derivados de petróleo en el mercado interno.


Esta “división del trabajo”, entre el gobierno y el capital extranjero, podría permitirle al primero concentrarse en el corto plazo, usando los recursos de YPF S.A. para salvar en la coyuntura las urgencias petroleras, mientras cruza los dedos a la espera de que el capital extranjero sea quien resuelva los problemas estructurales. La medida “soberana” anunciada ayer, podría derivar entonces en nuevas formas, más mediadas pero no menos onerosas, de dependencia.


A pesar de que lo que busca presentarse como una medida nacional no es más que una transacción de compra y venta, podría abrir fuertes tensiones entre la Argentina y el Estado Español, contando este último con el respaldo de la Unión Europea, y probablemente de otras potencias. Las amenazas ya lanzadas por el gobierno imperialista español y de sus socios de la Unión Europea merecen todo nuestro rechazo. Sin embargo, acá también, tras la pirotecnia, pueda haber una negociación dura (pero negociación al fin), que deje a todos medianamente contentos. Brufau le ha puesto precio en 10.500 millones de dólares a su reclamo, y el gobierno maneja casi la mitad, pero podrían cerrar trato a mitad de camino. No estaría nada mal para Repsol. Equivaldría a algo así como la ganancia neta que ha dejado la empresa en desde 1999, es decir unos 8 mil millones de dólares. Considerando el vaciamiento que han hecho de la empresa, girando al exterior más dólares que los ganados (14 mil millones de dólares), y que a la empresa fue adquirida en 1999 por 13 mil millones de dólares (con la ayuda de una subvaluación de la compañía avalada por el gobierno de Menem), el resultado sería bastante ganancioso, aunque reduciría a Repsol a lo que siempre fue, una empresa refinadora con pocos recursos petroleros propios. Desde el punto de vista del gobierno argentino, en cambio, sería pagar una factura demasiado onerosa para poner fin a una entrega, para lo cual dispondrán probablemente una ingeniería financiera entre la ANSES (vendiendo bonos a cambio de dólares) y el Banco Central (comprando los dólares del ANSES para prestarlos al gobierno), o alguna variante similar. Nuevamente es la plata que no se destina garantizar el 82% móvil, la que de una u otra forma será seguramente utilizada para financiar el ingreso del Estado en YPF S.A.


No habrá soberanía hidrocarburífera si no se avanza en una expropiación sin pago no sólo del 100% de las acciones de Repsol-YPF, sino también del conjunto de las empresas que participan en la extracción y refinación. Esta sería la única vía para hacer una contabilidad general de las reservas disponibles y cortar en lo inmediato toda exportación, a los fines de garantizar en el plazo más corto el autoabastecimiento. También, permitiría establecer en lo inmediato los excedentes disponibles que puedan volcarse hacia la explotación de recursos no convencionales, lo cual merece además un debate sobre las formidables consecuencias ecológicas de estas explotaciones, muy superiores a las de petróleo y gas convencional (debate que, como en el caso minero, cuando hay buena renta en juego el gobierno no está dispuesto a permitir). Pero claro, una iniciativa semejante resultaría “disfuncional” para la burguesía argentina, que a lo sumo aspira a que esta renacionalización parcial le permita morder una parte del negocio petrolero, reeditando en alguna medida el “capitalismo de amigos” que el gobierno viene poniendo en el freezer en algunos sectores (pero no en todos). La vocación “nacional” de la burguesía y el gobierno, no llega a más que buscar una mejor participación en la renta petrolera. La propia historia de YPF, que fue puesta al servicio de la valorización de capital de los contratistas en desmedro de su capacidad operativa, así lo ilustra. Es sólo la clase obrera, acaudillando al conjunto del pueblo pobre, la que puede proponerse una salida verdaderamente nacional y antiimperialista, imponiendo una gestión de estos recursos estratégicos en función de las necesidades, como parte de una reorganización del conjunto de la economía nacional sobre nuevas bases.