En Ideas de Izquierda 11, el artículo "La lógica turbulenta del capital" discute las ideas centrales del último libro de David Harvey, geógrafo marxista que ha escrito libros monumentales sobre El capital, la modernidad, y analizado el despliegue de contradicciones que realiza el capitalismo en su producción del espacio, entre otros varios tópicos. Su último libro define las que considera las diecisiente contradicciones centrales del capitalismo en su fase actual y esboza en sus páginas finales una alternativa no capitalista a partir del "humanismo revolucionario". En la revista discutimos los puntos fuertes así como los problemas de la crítica del capitalismo y la perspectiva de superación que plantea Harvey.
Mostrando entradas con la etiqueta marxismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta marxismo. Mostrar todas las entradas
lunes, 18 de agosto de 2014
lunes, 9 de junio de 2014
Capitalismo y desigualdad en el siglo XXI. Una crítica desde el marxismo al libro de Thomas Piketty
En Ideas de Izquierda 10, Paula Bach reseña y critica uno de los libros más comentados de el último tiempo, El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty. Libro que ha generado un impacto que hacía mucho no se veía con un libro
de economía. Aún los críticos lo reconocen como un libro muy importante, aunque más no sea
por el alcance de la base estadística sobre la que se apoya, que abarca más de
20 países y cubre en algunos de ellos –Francia e Inglaterra– un período de 200 años.
Desde todo el espectro político
se ha vuelto una obra de comentario obligado. En EE. UU. el autor la
presentó nada menos que de la mano de dos premios Nobel, Joseph Stiglitz y Paul
Krugman, con ambos deshaciéndose en elogios a la obra. El panorama que plantea
el trabajo de Piketty es mucho más sombrío que el que dibujan estos
neokeynesianos, y las intervenciones propuestas en su libro –utópicas, como él mismo reconoce– van más allá de los
reclamos de un plan de gasto público más audaz y algunas reformas que defienden
Krugman y cía. Pero esto no impidió que lo usaran para construir su caso para
que los sectores “progresistas” del partido demócrata batallen más firmemente
contra el consenso bipartidista que limita el gasto público y mantiene una
regulación económica favorable a los ricos.
Alejándonos de este centro, hacia
izquierda y derecha, la recepción se hace menos cálida. Hacia derecha, en
algunos medios conservadores el libro directamente desató respuestas
alarmistas. The American Spectator tituló
que Picketty era la "cobertura intelectual para la confiscación”; la tapa
exhibe a un verdugo al lado de la guillotina, que alza con su mano izquierda El
capital en el siglo XXI.Financial Times, por su parte, inició hace
algunas semanas una campaña para desacreditar el libro. Afirma que se
encuentran “problemas con los datos y errores en el trabajo del profesor
Piketty. Estos incluyen ingresos inexplicados en sus planillas, selección
ecléctica de la fuentes de datos, y errores de transcripción”. Esto debilitaría
su tesis de que en el capitalismo se registra una tendencia natural a una
concentración cada vez mayor de la riqueza en manos de los ricos. Sin embargo,
incluso The Economist, que comparte la misma aversión por el planteo del
economista francés, salió a distanciarse de estas críticas y consideró correcto
el manejo de datos. Para The Wall Street Journal, el libro es “menos un
trabajo de economía que un ladrillo ideológico estrafalario”. Panos
Mourdoukoutas señaló en Forbes que el
libro proveyó de munición a los progresistas que quieren “promover una agenda
política antigua que mata el crecimiento económico y la prosperidad en nombre
de la igualdad económica". Otros autores, como la estrella de la “nueva”
economía neoclásica Tyler Cowen, cuestionó la idea de que el retorno de capital
se mantendrá siempre por encima del crecimiento de la economía, y señaló que
“la preocupación de Piketty por la riqueza heredada también parece
extraviada". Para Cowen los “ricos ociosos” son un recurso cultural
valioso.
Si nos movemos del centro hacia
la izquierda, encontramos al economista poskeynesiano James K. Gallbraith,
quien señala que el libro no tanto es sobre el capital en ningún sentido que
tenga que ver ni con la categoría de Marx ni con ninguna noción de “capital
físico”, sino que "es más que nada sobre la valuación de los activos
tangibles y financieros, su distribución en el tiempo y la herencia de riqueza
de una generación a la siguiente". Sobre esta base teórica, Piketty
termina convirtiendo a la desigualdad en un resultado “natural” de la evolución
de los rendimientos en relación al crecimiento. Thomas Palley sostiene que
buena parte de la efusiva recepción del libro por parte del mainstream
económico está vinculada al eclecticismo de inspiración neoclásica de Piketty.
Lo que el libro dice en sus tesis centrales es algo que varios economistas de
la izquierda progresista norteamericana vienen sosteniendo hace tiempo. Sin
embargo, “los economistas del mainstream
tienen dificultades para reconocer trabajo de tales fuentes, porque reconocer
es legitimar”; en cambio, el libro de Piketty “provee una explicación del
agravamiento de la desigualdad desde el mainstream neoclásico”. Para
Palley, este libro tiene en potencia la posibilidad de abrir el debate sobre
las políticas de libremercado, algo que no está en la intención de Piketty pero
que hace involuntariamente al sugerir, aquí y allá, que la tasa de ganancia y
la de crecimiento están política y socialmente determinadas, contrariando en
esto al enfoque neoclásico. Pero también puede habilitar un giro “gatopardista”
de relegitimar a esta alicaída economía neoclásica. Las prescripciones de
Piketty, enfocadas en el sistema impositivo sin atender las “instituciones
económicas y estructuras de poder económico”, irían en ese sentido. Sería un
“cambio sin cambio” sustantivo en las políticas económicas.
Desde el marxismo, David Harvey,
Branko Milanovic, entre otros, criticaron correctamente las categorías del
libro de Piketty, referidas más a la riqueza que al capital.
El impacto de este libro en todo
el espectro, es un síntoma del malestar ante la crisis, y de las crecientes dificultades para generar consenso con las políticas que aseguran el funcionamiento del capitalismo en beneficio de “el 1 %”. Una conmoción profunda, agravada por el hecho de que la clase política se debate entre mantener el statu quo en beneficio de los ricos o encarar algún incremento del gasto –el planteo más audaz que algunos llegan a esbozar–. Terreno fértil para, distanciándose de las utopías de encauzar las contradicciones del capitalismo que propone Piketty, discutir las vías para superarlo, instaurando las bases de una sociedad sin explotadores ni explotados.En IDZ 10, analizamos las principales tesis del libro, señalando las implicancias que plantea para la perspectiva del capitalismo, y criticando algunas de las más salientes contradicciones. Desde mañana, se consigue en los quioscos. Ya está para la renta en el Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx, en Riobamba 144, a dos cuadras del congreso.
jueves, 5 de junio de 2014
A propósito de "Imperium" y "Consilium", de Perry Anderson. Una discusión sobre el imperialismo norteamericano hoy.
En los números 6 y 8 de Ideas de Izquierda reseñamos los planteos del autor y polemizamos brevemente con algunas de las tesis de este extenso trabajo. En la primera puede leerse "El imperio contraataca", y en la segunda EE. UU.: ¿jugador solitario en el gran tablero global?.
Llamativo para un marxista de la talla de Anderson, en estos ensayos "observa solo una mesa de arena donde los lineamientos geopolíticos
parecen hacerse y deshacerse a voluntad del hegemón". Es notoria la desatención por el "análisis por las condiciones objetivas del capitalismo norteamericano,
que condicionan la capacidad de la potencia imperialista para disponer
su voluntad". No es que no haya referencias al respecto, aquí y allá, sobre la decadencia de las bases materiales sobre las que se asentó el poder norteamericano. En las últimas páginas de "Imperium" estas aparecen.
Allí señala cómo del éxito norteamericano en crear un orden liberal han surgido nuevas contradicciones. Este orden comenzó a escapar a
los “designios de su arquitecto”. Con la emergencia de China
como un poder económico no solo más dinámico sino pronto comparable en
magnitud, que provee las reservas financieras que requiere EE.UU.,
capitalista “a su modo” pero lejos de ser liberal, “la lógica de largo
plazo de la gran estrategia norteamericana se ve amenazada de volverse
contra sí misma”. El imperio, que no cesó de extenderse, se está
volviendo sin embargo “desarticulado del orden que procuraba extender.
La primacía norteamericana no es ya el corolario de la civilización del
capital […] Una reconciliación, nunca perfecta, de lo universal con lo
particular fue una condición constitutiva de la hegemonía
norteamericana. Hoy se están separando”. En otros términos, la contradicción
entre la internacionalización de las fuerzas productivas y el sistema
internacional de Estados a través del cual se articulan las relaciones
de producción, emerge nuevamente como un aspecto disruptivo ante los
límites crecientes que enfrenta la hegemonía norteamericana, aunque hoy
no haya quien pueda proponerse disputarla.
Anderson comenta, con ironía, que resulta llamativa “la naturaleza
fantástica de las construcciones” con las que los estrategas
norteamericanos buscan afrontar una realidad con signos de adversidad.
“Grandes reajustes en el tablero de ajedrez de Eurasia, vastos países
movidos como tantos castillos o peones a través de este; extensiones de
la OTAN al Estrecho de Bering”. Parece que la única forma de
pensar el restablecimiento del liderazgo norteamericano “fuera imaginar
un mundo enteramente distinto”. Parece, leyendo a Anderson, que
lo mismo deberíamos hacer si aspiramos a pensar algún futuro con
oportunidades revolucionarias, aunque a él ni se le ocurra especular al
respecto.
La discusión sobre el estado real del imperialismo norteamericano, la principal fuerza de la reacción y la contrarrevolución a nivel mundial, es de fundamental importancia. Evitando tanto la subestimación como la sobreestimación de su fortaleza. Invitamos a leer estos artículos en IDZ.
Etiquetas:
china,
consilium,
debates,
ee.uu.,
estrategia,
geopolítica,
gindin,
gran estrategia,
Ideas de Izquierda,
ideas y debates,
imperialismo,
imperium,
marxismo,
panitch,
perry anderson,
rusia,
ucrania
miércoles, 28 de mayo de 2014
"Es bueno que Marx esté entre nosotros"
Hoy, en contratapa de Tiempo argentino, puede leerse una entrevista al actor Carlos Weber, que desde hace años viene protagonizando una puesta de Marx en el Soho, dirigida por Manuel Callau, en la que personifica a Karl Marx. El mismo papel hace en los cuatro capítulos de Marx ha vuelto, miniserie realizada por TVPTS y el Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx, que puede verse completa acá. Reproducimos la entrevista.
Personifica al pensador alemán en una miniserie de Internet producida por el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Mensaje político y puentes del arte con la Web.
Protagoniza Marx ha vuelto, una miniserie para Internet pensada en el
arranque con cuatro capítulos, ya estrenados, pero que debido a la gran
repercusión alcanzada en las redes, ahora rueda nuevas entregas. En la
ficción, Carlos Weber se pone una vez más en la piel del pensador
alemán, después de haber protagonizado durante varios años Marx en el
Soho. Y lo hace de una manera genial, en un producto que también lo es, y
que tiene algunas singularidades. El proyecto, basado en el Manifiesto
Comunista, cuenta con armado general del Instituto del Pensamiento
Socialista, realización del grupo de cine Contraimagen y difusión a
cargo de la señal web TVPTS del Partido de los Trabajadores Socialistas.
Aunque ya está en Youtube y Vimeo, entre otros sitios de descarga.
Pensado como aporte a los cursos y actividades del Instituto, y con la
producción de Javier Gabino y Matías Maiello, la miniserie también
muestra excelentes trabajos de varios peces que se mueven muy bien en el
agua del teatro independiente, como Martín Scarfi, Hilda Frisari y
Laura Espínola.
–Se acaba de afeitar, pero en los afiches de la miniserie, con barba,
usted "es" Marx ¿Cómo juega en los espectadores el parecido físico?
–Constantemente me dicen que somos iguales, pero no estoy muy convencido
de eso. Todos vieron a Marx alguna vez en retratos, daguerrotipos o
láminas. Pero afortunadamente, nadie lo escuchó hablar.
–Ahí terminan de confirmar que, además, "están viendo" al mismísimo Karl en persona.
–Claro (se ríe). Lo que en su momento pasó con la obra de teatro, y
ahora en la serie, es cruzarme con estudiantes de Economía o Ciencias
Políticas que agradecen, porque después de verme comprendieron mejor los
textos que habían leído.
–Marx en el Soho se estrenó en el ámbito de la CTA, y Marx ha vuelto fue
producida por el PTS. Una especie de continuidad en querer establecer
la conjunción entre lo político y lo artístico.
–Es así. La obra arrancó en 2007, con puesta de Manuel Callau y
asistencia de dirección de Liliana Andrade, mi actual coach. Fue
increíble, porque no teníamos sala, a los productores no les interesaba,
y tampoco podíamos entrar en festivales. Hasta que aparecieron los
compañeros de ATE y nos invitaron a que hiciéramos funciones allí.
Recorrimos municipios, sindicatos, cooperativas, el teatro SHA. Y justo
un 1º de mayo estrenamos en un lugar de Boedo. Hasta que los muchachos
del Instituto me propusieron hacer algo para sumarme a los cursos que
brindan en todo el país.
–¿Cómo lo tomó?
–La idea me pareció genial. Sobre todo porque me interesaba generar un
hecho artístico, aportando mi trabajo a la construcción que estos
compañeros llevan adelante con tanto esfuerzo. En la obra, Marx vive con
su familia, desnuda sus penas y conflictos durante el período en que
escribe El Capital, deja ver conflictos personales y penurias económicas
de todos los días. Para la serie, los chicos también querían a un Marx
coloquial, simple, que se sentara en un bar con los pibes a tomar
cerveza o mate.
–Lo contrario al mito, o en el peor de los casos, a esa imagen lavada y pasada de moda que el liberalismo intentó colgarle.
–Por supuesto. A Marx lo atacaron siempre desde distintos flancos.
También dijeron que era confuso, o lo reducían a un ícono vacío usado
por los partidos de izquierda. Para romper eso, tampoco es casual que la
obra teatral haya sido escrita por Howard Zinn, el primer gran
revisionista que denunció el genocidio de pueblos originarios en Estados
Unidos. Es bueno que Marx esté entre nosotros para analizar estas
cosas, pero también podés mirarlo del otro lado. Si en el mundo los
hombres hubiéramos alcanzado la igualdad, la inclusión, y pudiéramos
vivir dignamente de nuestro trabajo, el bueno de Karl hubiera quedado
como una figura que aportó en su momento, y ahora estaríamos leyendo a
otros pensadores. Pero "lamentablemente" sigue vigente.
–¿Cuál fue su reacción cuando le dijeron que la serie se difundiría por Internet?
–A veces me siento un neardental, recién hace menos de un año uso
celular (se ríe). Para mí es todo un descubrimiento protagonizar una
ficción que va más allá del mero entretenimiento, y apunta a contar
cosas que tienen como objetivo mejorar la vida de la gente. Lo que se
produce cuando alguien pincha algo en la Web es impresionante. La serie
ya salió subtitulada en cinco idiomas, la piden de muchos lugares,
gracias a una herramienta de difusión que es muy difícil dimensionar.
domingo, 2 de junio de 2013
El círculo vicioso de la acumulación capitalista en la Argentina: una evidencia de un orden social sin nada que ofrecer
En estos tiempos de inevitables balances, claroscuros, o como querramos llamarlos, que imponen los diez años de kirchnerismo en el gobierno, un aspecto saliente es sin duda el desempeño económico. Son pocos los momentos de la historia argentina, más aún de, digamos por caso, los últimos 50 años, donde podamos hallar un período de crecimiento sostenido tan prolongado como el de estos años, a tasas de crecimiento que durante varios años fueron de 7 u 8%. Otro rasgo destacable es que ahora, cuando el crecimiento se está agotando y entramos en un panorama de crecimiento anémico, no estamos ante un escenario de deterioro acelerado de la magnitud y profundidad que por lo general caracterizaron los fines de ciclo en el país. Sin que un escenario de descalabro pueda descartarse, el hipotético desplazamiento hacia un escenario ominoso se produce a ritmo cansino, aunque esto no quita un continuado aumento en las tensiones entre las clases. Tensiones que el gobierno, lejos de poder contener como hizo durante los tiempos de vacas gordas, está obligado a agravar con las medidas que apuntan a emparchar la situación de deterioro del “modelo” buscando evitar pagar los costos de un ajuste más pronunciado (ver acá para ampliar).
Sin embargo, con todos los rasgos que distinguieron el desenvolvimiento económico de esta última década, también se puso en evidencia la regularidad en la tendencia de fondo de la acumulación capitalista (es decir la inversión de la masa de ganancias obtenida por el capital) en el país. No resulta sorprendente, ya que aspectos centrales que la determinan no se han visto modificados.
En este blog nos hemos referido en muchas ocasiones a las características que adoptó la acumulación de capital en el espacio económico nacional durante la última década (ver por ejemplo acá, acá y acá). Aunque la inversión durante la última década no ha sido particularmente baja, superando en algunos años el 24% del PIB, no guarda proporción con la mejora que tuvo la rentabilidad del capital, ni es consistente con las altas tasas de crecimiento del período. Por eso, no resulta una sorpresa que la economía desde el año pasado haya dejado de crecer a altas tasas, y que ya mucho antes hubieran emergido varios cuellos de botella, un aumento acelerado de las importaciones de bienes cuya demanda no se puede satisfacer con la producción local, y presiones inflacionarias de demanda que se suman a otros aspectos que la alimentan (para un estudio de la inflación en la Argentina hoy, ver acá). Otra muestra del agotamiento de las condiciones que dieron lugar al crecimiento económico de la última década, la tenemos en el hecho de que, diluidos con el paso del tiempo los efectos "virtuosos" que trajo el ajuste de 2002, el capitalismo nacional pone en evidencia la persistencia de límites al crecimiento que vienen de larga data y que resultan insuperables aún en las condiciones altamente favorables como las que se registraron durante la última década en el plano del comercio exterior.
El tipo de cambio y la acumulación de capital en la Argentina
Como planteamos hace un tiempo “La Argentina, a 10 años de la salida de la convertibilidad: contradicciones recurrentes para la continuidad de la acumulación capitalista. Una mirada desde la teoría marxista”, estas tendencias no son novedosas, sino características de la economía argentina (y de varias otras que muestran rasgos similares). Vamos a resumir algunos de los argumentos centrales de este artículo. Según planteamos allí, la acumulación de capital en el país está fuertemente determinada por lo que ocurre con la expresión internacional del valor producido en el país, es decir con la relación cambiaria entre la moneda local y las monedas extranjeras. Esto es el resultado de que, con excepción del agro y otras pocas ramas, los capitales que se valorizan en el espacio nacional exhiben una productividad del trabajo menor a los promedios internacionales. Esta brecha de productividad significa que buena parte de los capitales en rubros dedicados a la elaboración de bienes “transables” (es decir mercancías sometidas a la competencia internacional, ya sea que se produzcan para el comercio exterior o para el mercado interno afrontando competencia de bienes equivalentes producidos en otros países) requieren más tiempo socialmente necesario que sus homólogos de otras latitudes para producir las mismas mercancías. Es decir, producen a un costo más alto comparativamente más alto que en otros país, lo que significa que su operación no sería posible si este mayor tiempo de trabajo necesario se expresara plenamente en términos de valor internacional. Por eso, para una fracción considerable de los capitales que se valorizan en el espacio nacional, su posibilidad de reproducción se encuentra condicionada a una depreciación del tipo de cambio. Pero esto, planteábamos, tiene consecuencias muy importantes, que permiten explicar las tendencias de la acumulación de capital en la Argentina: depreciando el tipo de cambio, la economía argentina “[F]orzosamente reduce sus términos de intercambio, condición sine qua non para poder vender en el comercio internacional –y proteger su mercado interno de la competencia exterior- lo cual reduce el poder de compra de las mercancías que produce en el mercado internacional. De esta forma, aunque puede exportar, puede adquirir como contrapartida menos bienes de capital que si pudiera vender las mercancías que produce sin depreciar el tipo de cambio. Aunque la depreciación salva la rentabilidad del capital en el país atrasado, lo hace al precio de aumentar el costo de nuevas inversiones basadas en medios de producción importados”.
Como los medios de producción importados tienen una gravitación muy importante en la inversión local, especialmente en lo que hace a la capacidad de mantener (con cierto retraso respecto de otras economías) el ritmo de innovación tecnológica, se genera una contradicción: las condiciones que favorecen la reproducción de los capitales menos productivos (una fracción considerable de los capitales nacionales), tienden al mismo tiempo a restringir las posibilidades de la acumulación. Las que se ven afectadas son, sobre todo, las inversiones de mayor envergadura. Esto se debe a que, aunque en el caso de los bienes transables producidos para la exportación o para el mercado interno, en principio el tipo de cambio depreciado tiende a aumentar la tasa de ganancia que perciben con la capacidad ya instada, esto no necesariamente repercute de igual manera en la rentabilidad esperada de nuevas inversiones. Un primer motivo para esto, es que cuando las inversiones incluyen medios de producción comprados en el extranjero, la depreciación cambiaria encarece su adquisición. El mismo aspecto que mejora la rentabilidad en lo inmediato, hace más costosa (y por lo tanto menos rentable) la incorporación de nuevos medios de producción importados.
Pero aún cuando no se tratara de incorporar medios de producción importados, sino de inversión que pueda realizarse con medios de producción locales, existe otro aspecto por el cual el condicionamiento del tipo de cambio ha operado como un límite para la valorización. Como planteamos en el artículo ya mencionado, “el tipo de cambio depreciado no se sostiene en el tiempo, sino que lo característico es una alternancia entre períodos de depreciación y de apreciación, muchas veces mediados de cortes abruptos”. No se sostiene, en primer lugar porque no todas las fracciones de la burguesía están interesadas en la preservación de un tipo de cambio depreciado. Los capitales que son relativamente más productivos, como es el caso del agro argentino, o aquellos radicados en áreas de bienes y servicios no transables, se benefician con un tipo de cambio apreciado que eleva la expresión en términos de valor internacional del plusvalor que obtienen en el país. Estos intereses contradictorios se expresan en la disputa por el ingreso: toda devaluación genera un cambio de precios relativos, en detrimento de los asalariados pero también de de otras fracciones del capital, que crea condiciones para futuros ajustes de precios, y como contragolpe también de salarios. Estos ajustes tienden a crear una dinámica de retroalimentación, y erosionan el tipo de cambio depreciado (esto lo analizamos con más detalle acá).
Esta inestabilidad en el tipo de cambio cobra mayor relevancia cuando se trata de inversiones de mayor envergadura. Es que las inversiones en capital fijo (que incluyen las ampliaciones de la capacidad productiva existente, es decir nuevas instalaciones, maquinarias, equipos y otras infraestructuras) son realizadas por los empresarios mirando no sólo la tasa de ganancia con la que se realiza la venta de las mercancías actualmente, sino también la rentabilidad esperada. Esta última implica una proyección, que podríamos considerar basada en la relación entre la tasa de ganancia actual y los registros históricos. En estas condiciones, a los efectos que pueda tener el encarecimiento que pueda producirse de medios de producción adquiridos en el extranjero en términos de moneda nacional como consecuencia de la depreciación de ésta, se agrega la perspectiva incierta que genera un horizonte de volatilidad cambiaria.
Como concluíamos, entonces:
Cuando se trata de sectores productores de bienes transables, como se ve, el tipo de cambio opera de dos maneras que se mueven sentidos opuestos: si se deprecia, mejora la rentabilidad de la producción, pero incrementa el costo de nuevas inversiones; si se aprecia, genera dificultades de rentabilidad en muchos sectores, pero abarata la adquisición de medios de producción.Esto explica por qué los ciclos de inversión tienen una forma más desfasada, con un ritmo más discontinuo que el que caracteriza la acumulación de capital en los países más desarrollados: en los momentos de tipo de cambio alto se utiliza intensivamente la capacidad instalada, y opera una tendencia al aumento del capital en relación a la fuerza de trabajo, y en los momentos de tipo de cambio bajo se intensifica la importación de capital aún operando con capacidad ociosa.
Acá hay un aspecto central de la relación entre tipo de cambio y acumulación, que trasciende el clásico problema de la restricción externa, es decir los problemas en la disponibilidad de dólares (para una breve explicación, ver acá). Aunque esta restricción ha sido muy importante, y desde los comienzos de la industrialización sustitutiva de importaciones la falta de dólares se mostró como una limitante a la inversión, hay otra dimensión en la cual impacta el dólar, que es la de la rentabilidad esperada. Con una volatilidad cambiaria que es de las mayores del mundo en las últimas décadas, se trata de un cuestión no menor. Si en el artículo analizamos las tendencias de la acumulación en la última década, la relevancia de los problemas que allí planteamos puede comprobarse también si nos remontamos al pasado. Como señala acá Jorge Castro (basándose principalmente en A new Economic History of Argentina de Gerardo della Paolera y Alan M. Taylor, Cambridge University Press, 2003) el alto costo de los bienes de capital (agravado por las tarifas, cuotas y otras barreras aduaneras) fue un determinante central para explicar la tasa reducida de inversión real desde finalizada la Segunda Guerra Mundial en adelante. En su clásico La industria que supimos conseguir, Jorge Schvarzer relativiza la idea de que la inversión haya sido estructuralmente baja, pero los datos que brinda confirman la existencia de ciclos “desfasados” de inversión, como señalamos más arriba.
La Argentina en los años K: enredada en el mismo círculo vicioso
La última década, aún con todos las pomposas cifras que presentan los entusiastas del “modelo de crecimiento con inclusión social” (sic) no cortó con este círculo vicioso en el que se debate desde hace décadas el capitalismo argentino. Y no lo ha hecho porque, debido a la tendencias que registró la acumulación de capital, la brecha de productividad que distancia a la economía argentina de la media internacional no se ha cerrado, como puede observarse en el Gráfico 3 de nuestro artículo y como también señala, desde un enfoque conceptual muy distinto al nuestro, este artículo de Sebastián Campanario.
Fuente: elaboración propia en base a datos del U.S. Bureau of Economic Analysis (BEA) y del Indec.
A diferencia de otros períodos históricos, la economía argentina contó con un excedente de dólares que se podrían haber volcado sin dificultades a la inversión. Desde el punto de vista de la tasa de ganancia, se trató también de una década de fuertes ganancias. Sin embargo, las contradicciones que señalamos en este artículo, contribuyen a explicar por qué no era de esperarse que estas condiciones llevaran a una aceleración de la acumulación: los aspectos que contribuyeron a mejorar la rentabilidad también encarecieron parcialmente la inversión, y el horizonte de volatilidad cambiaria a mediano plazo hacía esperable un aprovechamiento de las condiciones extraordinarias sin niveles significativos de inversión, y no un salto de la misma. Por eso, no es sorprendente que durante esta década la fuga de capitales no haya hecho más que profundizarse, junto con la remesa de utilidades de las firmas extranjeras. Lo que resulta razonable desde la lógica de este sistema, es otra evidencia de la miserable perspectiva que tiene para ofrecer.
Esto explica por qué, a pesar de las formidables condiciones de rentabilidad de las que gozaron durante esta década los capitales que se valorizan en el país, acompañadas de una holgura en el plano externo también inéditas, y en el caso de la industria gozando de altos niveles de demanda interna por el crecimiento del empleo, la inversión no cortó con las tendencias previas. Y también permite comprender por qué, con la reaparición de tendencias a la apreciación cambiaria (aún compensadas por el hecho de que el dólar se abarató frente a otras monedas como la de Brasil, que a diferencia del peso argentino tiene una cotización flotante) empiezan a reemerger dificultades similares a las de otros períodos similares (vermos además comportamientos “noventistas”, como es el aprovechamiento del dólar barato para comprar medios de producción en el exterior. En sí misma, parece una gran noticia para quienes sostienen la vitalidad del “modelo”. Sin embargo, es una confirmación más de que, por fuera de todos los debates sobre si el tipo de cambio está atrasado o no, para sectores empresarios sí lo está y pueden sacarle alguna ventaja. Esto es consistente con lo que planteamos más arriba, pero indica que entramos en un período donde se abarata la compra de medios de producción importados al mismo tiempo que se erosionan las condiciones para la producción competitiva).
La conclusión es contundente: el capitalismo argentino impone enormes penurias a las clases subalternas, en la promesa de un desarrollo capitalista más elevado -en términos comparativos con otras naciones y no en términos absolutos- cuya consecución no es más que una entelequia. La precarización laboral y la continuidad de una tendencia de largo plazo a degradar el valor de la fuerza de trabajo son parte de las condiciones necesarias para sostener la rentabilidad y competividad capitalistas.
Pero ni siquiera puede decirse que prometan ningún futuro de desarrollo como pretenden los apologistas del “modelo”, pero también quienes desde la oposición buscan seducir con alguna variante supuestamente más “amigable” a los empresarios que traería finalmente las inversiones que –dicen- no se hacen por culpa de la política oficial. Como si fuera un problema de ahora y no un rasgo de comportamiento de larga data que es expresión del carácter dependiente del capitalismo argentino. En los marcos de relaciones de producción capitalista, sólo podemos esperar algún ligero cambio de grado en los niveles de dependencia y de atraso relativo, y no un cambio sustantivo que a ningún sector de la burguesía argentina, atada por mil lazos al imperialismo, podría interesarle llevar a cabo.
Desde el punto de vista de la contradicción que estamos analizando en este post, entonces, hemos entrado claramente en el fin de un ciclo, y nos ubicamos en un interregno. Durante la última década, las altas tasas de crecimiento se sostuvieron sobre dos grandes condiciones: 1) el “superciclo” de los commodities, que permitió un formidable ingreso de dólares que hizo desaparecer durante todo este período el problema de la restricción externa, y 2) el mega-ajuste (cambiario, fiscal, de ingresos) de 2002, que estableció un tipo de cambio competitivo y permitió un salto en la participación de la ganancia en el ingreso nacional, a costa de los salarios. Si la primera de estas condiciones se mantiene, aunque sus perspectivas están puestas en duda, la segunda se ha ido diluyendo. La espiralización de la inflación, la necesidad que se impuso a fines de 2011 de tomar medidas para cuidar los dólares aún con un importante superávit comercial, el estallido del blue y los intentos de llegar hasta octubre de la mano del blanqueo, evidencian que, aunque la primera de las condiciones permite que este fin de ciclo se procese aún sin los grandes dramas de otras oportunidades, las alternativas de fondo incluyen distintas variantes de profundos reajustes. Ajustes que, como, en cada oportunidad, las clases dominantes se preparan para descargar sobre nuestras espaldas.
El fin de ciclo que estamos atravesando, aún con los ritmos cansinos que permite por el momento el precio de la soja, no deja más de que dos alternativas: o la burguesía impune una salida que le permita seguir arrastrándonos en su círculo vicioso, o desarrollamos una alternativa política independiente de la clase trabajadora que tome en sus manos las necesidades y aspiraciones del conjunto del pueblo pobre.
La supuesta "década ganada" llevó al paroxismo la dilapidación que hace la burguesía de las riquezas obtienen a costa de nuestra miseria y explotación. Los capitales en el exterior de las clases dominantes rondan como mínimo los u$s 170 mil millones, más de un tercio de total la producción anual del país. Para frenar este continuo drenaje, no alcanza con "cepos" y desdoblamiento informal del mercado cambiario. Es necesario la estatización de toda la banca y el establecimiento de una banca estatal única, unida al establecimiento de un verdadero monopolio estatal del comercio exterior y de todos los movimientos de divisas. Declarar el no pago de la deuda externa para cortar con el negocio de los especuladores, y con los recursos que hoy se destinan a soportar esta gangrena continua, volcarlos a sectores estratégicos de infraestructura hoy completamente abandonados. Esto debería complementarse con el aumento de las grandes fortunas, y por la apropiación íntegra de las rentas mediante la expropiación de los grandes propietarios de la tierra, y la liquidación de los impuestos al consumo.
Tampoco va a ser la programación o planificación de este Estado, garante de las relaciones de producción capitalistas, la que "oriente" a los empresarios mediante incentivos varios a invertir donde no lo están haciendo. Son necesarias iniciativas de otra clase (social). Todo el excedente social que los capitalistas se apropian a costa de nuestro trabajo y que no invierten porque no "cierra" con la lógica de la ganancia, los trabajadores podemos ponerlo en movimiento para dar respuesta a las necesidades sociales que son ignoradas por la producción social en beneficio de la apropiación privada. Por eso, es necesario la estatización bajo gestión obrera de los sectores económicos estratégicos, y el control obrero de toda la industria.
La supuesta "década ganada" llevó al paroxismo la dilapidación que hace la burguesía de las riquezas obtienen a costa de nuestra miseria y explotación. Los capitales en el exterior de las clases dominantes rondan como mínimo los u$s 170 mil millones, más de un tercio de total la producción anual del país. Para frenar este continuo drenaje, no alcanza con "cepos" y desdoblamiento informal del mercado cambiario. Es necesario la estatización de toda la banca y el establecimiento de una banca estatal única, unida al establecimiento de un verdadero monopolio estatal del comercio exterior y de todos los movimientos de divisas. Declarar el no pago de la deuda externa para cortar con el negocio de los especuladores, y con los recursos que hoy se destinan a soportar esta gangrena continua, volcarlos a sectores estratégicos de infraestructura hoy completamente abandonados. Esto debería complementarse con el aumento de las grandes fortunas, y por la apropiación íntegra de las rentas mediante la expropiación de los grandes propietarios de la tierra, y la liquidación de los impuestos al consumo.
Tampoco va a ser la programación o planificación de este Estado, garante de las relaciones de producción capitalistas, la que "oriente" a los empresarios mediante incentivos varios a invertir donde no lo están haciendo. Son necesarias iniciativas de otra clase (social). Todo el excedente social que los capitalistas se apropian a costa de nuestro trabajo y que no invierten porque no "cierra" con la lógica de la ganancia, los trabajadores podemos ponerlo en movimiento para dar respuesta a las necesidades sociales que son ignoradas por la producción social en beneficio de la apropiación privada. Por eso, es necesario la estatización bajo gestión obrera de los sectores económicos estratégicos, y el control obrero de toda la industria.
Expropiar a los expropiadores capitalistas es la única vía para cortar el nudo gordiano de la dependencia frente al imperialismo y reorganizar la economía sobre nuevas bases.
Etiquetas:
acumulación de capital,
Cristina Fernández,
cristinismo,
devaluación,
economía argentina,
inflación,
inversión,
kirchnerismo,
marxismo,
teoría,
tipo de cambio
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


