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lunes, 16 de septiembre de 2013

Aniversarios

Ayer se cumplieron cinco años de la quiebra del banco de inversión norteamericano Lehman Brothers, ocasionada por la acumulación de títulos incobrables de hipotecas “subprime” y otros activos financieros derivados de las mismas. Este suceso tuvo efectos en cadena que golpearon a todo el sistema financiero norteamericano, y se extendieron por el mundo, poniendo en evidencia el nivel de riesgo generado por el alto nivel de apalancamiento (es decir proporción de deuda por activos) con el que se manejan los inversos, y la alta velocidad de propagación a causa de la interconexión creciente de las plazas de todo el mundo. Lejos de tratarse de un caso aislado de riesgo excesivo, el banco Lehman (así como poco antes Bearn Stearns, banco de inversión que a diferencia de Lehman fue rescatado y vendido a precio de remate por el tesoro norteamerinaco, y las hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac) era uno de los más expuestos en un modelo que negocio que caracterizaba a toda la banca norteamericana. Emisión de créditos hipotecarios en escala masiva, sin verificación de la capacidad de pago, y comercio de derivados que se suponía diversificaba y reducía riesgos -claro, todo en la matemática abstracta de los modelos que siguieron a los pioneros de la aventura financiera Robert Merton y Myron Scholes, que fueron premiados con el nobel en 1997 por sus modelos para calcular el precio de las opciones financieras, y al año siguiente entraron en quiebra luego de sumar una pérdida de 4.600 millones de dólares en cuatro meses por aplicar estos métodos en sus decisiones de inversión. Con estos antecedentes, ¿a quién se le podía ocurrir que la utilización masiva de derivados pudiera derivar en una destrucción masiva de la solvencia del sistema? Una verdadera sorpresa ¿no?
Dado el alto nivel de bancarización de pagos en todo el circuito productivo, no resultó sorpresivo que en los meses que siguieron a la quiebra de Lehman, con la virtual paralización durante semanas de la banca no sólo de inversión sino también comercial, la economía norteamericana ingresara en caída libre, y con ella el conjunto de la economía global. Durante el año que siguió a Lehman, la producción industrial mundial acumulaba una caída del 13%, y el comercio global alcanzó una caída aún mayor, del 20% (ver el artículo de Barry Eichengreen y Kevin O' Rourke,"Una historia de dos depresiones: ¿Qué nos dicen los nuevos datos?").
La amenaza de colapso financiero global y el fantasma de depresión económica, hicieron sonar las alarmas gubernamentales y dispararon respuestas estatales en una escala nunca vista. Los EEUU, la UE, y numerosos Estados de todo el mundo sumaron billones de dólares de dinero inyectado a través de estímulos fiscales, planes de empleo, salvatajes a empresas. Pero sobre todo, se inyectaron billones de dólares en el sistema financiero. A las herramientas habituales para enfrentar los pánicos en situaciones críticas de los sistemas financieros -que básicamente se reducen a una masiva socialización de quebrantos privados realizada bajo el chantaje de los efectos que podría tener el colapso de los bancos “demasiado grandes para caer”, por lo que estos resultan premiados luego de que fracasan las apuestas irresponsables y las ganancias de las mismas están ya bien repartidas- se les sumaron otras novedosas, como las relajaciones cuantitativas (QE, por sus siglas en inglés), que algunos llamaron “opción nuclear”.
Ante este giro copernicano, en el que aún los mayores exponentes de las políticas neoliberales se transformaron en fervientes impulsores del estatalismo para evitar el colapso del sistema, muchos se ilusionaron con la perspectiva de consolidación de un “momento keynesiano” que podría sacar al sistema del abismo y restablecer una senda de crecimiento más “armónico”, menos basado en hondas desigualdades. Pero estas ilusiones se estrellaron rápidamente contra estrechos límites. En primer lugar, el estatalismo fue tributario de preservar, ante todo, la situación de los principales beneficiarios del boom especulativo. Salvo en los casos que fue estrictamente necesario nacionalizarlos, los bancos se mantuvieron en manos privadas; el dinero de los salvatajes permitió incluso repartir generosos bonos entre los gerentes en 2009. En segundo lugar, aunque este activismo permitió estabilizar la economía mundial, permitiendo que incluso la economía norteamericana y algunas economías europeas comprometidas por la crisis mostraran “brotes verdes” de módico crecimiento desde mediados de 2009 (llegando los EEUU a un crecimiento de 3% en 2010) y creando las condiciones para un crecimiento a dos ritmos de la economía global (con los BRICS y otros llamados emergentes creciento a tasas elevadas luego de acusar los impactos del hundimiento global de 2008), esto no se parece en nada a un relanzamiento sostenido. Algunos datos resultan ilustrativos. En los EEUU, con la recesión desaparecieron 8 millones de empleos y sólo se recuperaron 6 millones con la reactivación. Pero lo más elocuente es la desproporción entre ganacias e inversión. Como señalaba Financial Times hace el 24 de Julio, mientras las ganancias (antes de la deducción de impuestos) están en un nivel récord de más del 12% del PBI, la inversión apenas alcanza el 4% del PBI (“Corporate investment: A mysterious divergence”). Una de las principales razones de este bajo nivel de inversión es que la expectativa es que el crecimiento siga siendo anémico; la baja inversión no hace más que realimentar esta anemia.
En tercer lugar -pero no por ello menos importante- las patas cortas del momento keynesiano se mostraron con todo en Europa. Allí, como señalara Paula Bach, los elementos estabilizadores devinieron más dramática y rápidamente que en cualquier otro lugar en eslabones débiles: si como respuesta a las amenazas de 2008 los Estados se endeudaron para impulsar medidas de estímulo e inyectar dinero en el sistema financiero, la consecuencia fue que varios de ellos alcanzaron niveles de deuda que los dejaron expuestos a la presión de los mercados financieros que empezaron a poner en duda su solvencia, haciendo caer el precio de los bonos (es decir elevando la tasa de interés a la cual le prestaban a los Estados reputados de menos “confiables”); la prima de riesgo, o “riesgo país”, karma con el que convivió la Argentina durante la crisis de 2008, estimatizó entonces a los PIGS (acrónimo conformado por Portugal, Irlanda, Grecia, España, por sus siglas en inglés, a los que se fueron sumando otros países como Italia). Esta crisis puso en evidencia las líneas de falla de la Unión Europea, y generó sucesivos picos de tensión entre los países de la región, y con los EEUU, ante la continuada presión de Alemania para imponer la disciplina fiscal y evitar salvatajes de los países asesiados por los ataques especulativos sobre su deuda, aún al precio de hundir a buena parte de los páises de la Eurozona en depresión y de poner en riesgo la estabilidad financiera global. Las respuestas de resistencia a los ataques por parte de los trabajadores europeos, y la presión sobre la UE ante el riesgo en el que se estaba poniendo el sistema a nivel global, llevaron a que finalmente finalmente a Alemania a aceptar algunas medidas de alivio a través de la inyección monetaria. Como señala Paula Bach en “La discordancia de los tiempos de la crisis capitalista mundial” (Ideas de izquierda nº 3), la política alemana hoy es una combinación de inyecciones monetarias (los denominados “rescates”) y planes de austeridad avalados por la Troika (es decir la Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario internacional).
A cinco años de Lehman, afrontamos una situación económica mundial estabilizaba en situación de crecimiento débil, pero el mejor panorama para los próximos años es continuar con una situación anémica, que algunos han llamado de crisis “rastrera”. Y las “ondas expansivas” del cataclismo de 2008 siguen generando nuevos sucesos, porque abrieron una falla estructural en la economía mundial. Las relaciones entre las principales economías del planeta antes de la crisis se encuentran cuestionadas, y no es posible volver a ellas. Los EEUU no puede ser el gran comprador del mundo, el comprador “en última instancia” apoyada en un consumo sostenido basado en efectos riqueza de la valorización bursátil e inmobiliaria. Aunque muestra una recuperación relativa, no puede ocupar el lugar que tenía antes de la crisis. La UE se ve atenazada entre la presión disciplinaria de Alemania y las amenazas de disgregación. Y China viene desde hace años anunciando un giro hacia apoyarse de forma creciente en su mercado interno, pero mostrando avances muy magros, mientras se suman los los síntomas de distintas amenazas (problemas crediticios en municipios y provincias, exceso de inversiones poco productivas) que podrían empujar a un crecimiento mucho más bajo que el actual, exacerbando las tensiones sociales. Los impactos de estas fallas no dejan afuera ningún lugar del planeta. Lo mostró la primavera árabe, ya que el corrosivo que carcomió definitivamente los cimientos de las dictaduras de Medio Oriente fueron los desbarajustes ocasionados por la crisis, que se trabujo en inflación galopante y crisis fiscales. Lo muestran hoy los síntomas de agotamiento del crecimiento que se ven en varias de las economías que más crecieron en los últimos años, sumadas a los trastornos que generó la retracción de algunos de los fondos que ingresaron a las economías en desarrollo gracias a las medidas de estímulo monetario tomadas en los países más ricos (con India, Indonesia, Turquía, entre los más golpeados).
Aunque la situación se muestra hoy contenida, las “fallas estructurales” amenazan acrecentar las tensiones entre las principales potencias (y los aspirantes a serlo), ya que exigen una reestructuración significativa de las relaciones globales para restablecer condiciones de crecimiento, en la cual difícilmente puedan ganar todos. Ante los riesgos que todos corren en en escenario semajante, la mejor apuesta sigue siendo ganar tiempo, apostando a sostener las medidas que permiten el actual crecimiento anémico, aún a pesar de que incluso las más poderosas de estas (como los QE) empiezan a mostrar límites por los efectos “secundarios” que ocasionan (como seguir sosteniendo el apalancamiento y la especulación). La pregunta es si nuevos focos de inestabilidad financiera, o las respuestas de las masas trabajadoras afectadas por los efectos sociales de la crisis, cuya peor cara se ve en Europa, pero que se suman también a determinados aspectos de crisis políticas específicas para seguir disparando movilizaciones de masas incluso entre los que no sufrieron los peores impactos de la crisis (Turquía, Brasil), permitirán seguir ganando tiempo o mutarán en cuestionamientos más activos, presionando a los Estados para poner en cuestión este impasse del que por el momento nadie quiere moverse demasiado. Eso está por verse, lo que es claro es que, lejos de los optimismos generalizados respecto de las respuestas coordinadas entre los Estados para responder a la crisis, estas fallas ponen sobre el tapete puntos que no pueden resolverse mediante una respuesta coordinada. EEUU, la potencia que en otras crisis anteriores pudo imponer una coordinación, arbitrando costos y beneficios (inclinándolos a su favor), hoy muestra una cierta recuperación pero ha perdido su capacidad como árbitro global, como lo puso en evidencia por estos días su fracaso en impulsar un ataque a Siria, y la forzada aceptación del plan de Rusia. La complejidad de la gestión geopolítica de la crisis encuentra a los principales jugadores globales con intereses difícilmente armonizables, y a ninguno con capacidad para ordenarlos encauzando los potenciales conflictos. Por eso, resulta sumamente optimisa opinar que la crisis actual, una crisis de magnitud histórica para el sistema mundial capitalista, podrá metabolizarse sin un salto en los conflictos, entre las clases y entre los Estados.

En Ideas de Izquierda nº 3 de septiembre, dedicamos el dossier a la crisis mundial, que va por su sexto año pero de la que se cumplen ahora cinco del suceso de que actuó como catalizador definitivo de sus efectos más devastadores. Paula Bach escribe el ya mencionado artículo “La discordancia de los tiempos de la crisis capitalista mundial”. Anwar Shaikh nos brinda en una entrevista una mirada sobre las raíces de la crisis, y el panorama de crecimiento débil de la economía global que constituye el mejor escenario para los próximos años. Y Claudio Katz contribuye con una columna donde analiza la fortaleza de las explicación que se han dado desde el marxismo a la crisis, frente a aquellas que produjo la ortodoxia neoclásica o la heterodoxia conservadora.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Refritos


En su defensa del proyecto de Presupuesto en la Cámara de diputados, el viceministro de Economía, Axel Kicillof, no se privó de sus habituales referencias a la teoría económica para darle algún barniz progresivo a la política oficial. Aunque no se enfocó mucho en el tema, en el marco de su defensa de un presupuesto que sigue con perspectivas de inflación tan mentirosas como las de años previos (y que hasta hace apenas unos años Kicillof criticaba desde el CENDA) mencionó al economista británico John Maynard Keynes para fundamentar que "la inflación perjudica principalmente" al sector financiero.
Nos parace pertinente, entonces, traer a colación una polémica de hace algunos años, entre otros con Kicillof, donde mostramos que no era exactamente eso lo que tenía en mente Keynes cuando consideraba los efectos beneficiosos de la inflación. En el mismo sentido, Paula Bach discute en Estrategia Internacional nº 28 el plan de otro (neo)keynesiano para salir de la crisis, Paul Krugman, que también incluye el efecto inflacionario sobre los asalariados. 
 
Los dejamos con el "refrito".
 
 

lunes, 14 de abril de 2008

Keynes, la inflación y los salarios

Esteban Mercatante
Instituto del Pensamiento Socialista
En los últimos días, la teoría económica de Keynes se ha colado en los debates de coyuntura, a propósito del problema de la inflación y las propuestas de enfriamiento de la economía. En su columna titulada "La ortodoxia se viste de Keynes" publicada el 12/04/08 en Página/12, Alfredo Zaiat dirige sus dardos contra los supuestos keynesianos que frente a la actual coyuntura económica, que muchos definen como de "recalentamiento", recomiendan políticas de enfriamiento. Zaiat les critica que "esos postulados de enfriamiento de la economía implican por el lado del gasto aumentar poco o directamente no subir las jubilaciones como si se trataran de haberes dignos, o disminuir la obra pública en un país cuya infraestructura es todavía deficiente, o bajar los subsidios y, por lo tanto, subir las tarifas [...] Otra medida por el costado de los ingresos sería detener la morosa recuperación del salario real de los trabajadores". Para refutar el supuesto keyenesiamismo de estas propuestas, y mostrar su inspiración ortodoxa, recurre a los aportes de Axel Kicillof, es decir a una visión alternativa a la imperante en los manuales de economía sobre los postulados de Keynes. En el artículo, Kicillof señala que "de esta estirpe son las recomendaciones que ofrecen los presuntos keynesianos cuando, ante el aumento de los precios, diagnostican un exceso de crecimiento del Producto y proponen reducir el consumo, la inversión y (si se los dejara hablar lo suficiente) seguramente también el salario". Kicillof recuerda que Keynes bregaba por "evitar las depresiones y conservarnos de este modo en un cuasi-auge continuo".
Esto último es sin duda cierto. Sin embargo, lo que es bastante dudoso, es que Keynes opinara que este camino no implicara una caída del salario real -aunque no del nominal. En ese sentido, y sin proponérselo, Mario Rapoport es mucho más revelador sobre este punto, en su nota "Volviendo a Keynes y la inflación" publicada en Página/12 el 13/04/08. Recuerda que Keynes sostenía que "una modificación del valor de la moneda, es decir un cambio del nivel de precios, importa a la sociedad en el momento en que su incidencia se manifiesta de manera desigual". Rapoport también nos recuerda que reconociendo que tanto la inflación como la deflación son injustas, Keynes preferiría la primera, mientras que se mantuviera controlada, ya que, destaca Rapoport, mientras "la inflación, aligerando la carga de la deuda pública y estimulando a las empresas, ofrece una ventaja que puede ser puesta de un lado de la balanza, la deflación no aporta ninguna compensación". Acá tenemos esbozado un punto que nos parece muy importante en el enfoque keynesiano. Lamentablemente Rapoport no lo desarrolla, sino que se detiene acá. Nos queda a nosotros entonces ahondar en esta pregunta: ¿en qué consiste el estímulo a las empresas que destacaba Keynes?
Por un lado, está considerando que como las empresas se caracterizan por ser deudoras netas, la inflación tiende a reducir el valor de sus pasivos en relación con el capital total, facilitando su pago y aumentando el valor del patrimonio.
Pero hay otro punto que es crucial en el pensamiento de Keynes, y que en el marco de una situación inflacionaria puede actuar de estímulo a las empresas: que el salario nominal puede no cambiar, o incluso puede subir, mientras que el salario real puede estar cayendo. Keynes destacaba que "Ahora bien, la experiencia diaria nos dice, sin dejar lugar a duda, que lejos de ser mera posibilidad aquella situación en que los trabajadores estipulan (dentro de ciertos limites) un salario nominal y no real, es el caso normal. Si bien los trabajadores, suelen resistirse a una reducción de su salario nominal, no acostumbran abandonar el trabajo cuando suben los precios de las mercancias para asalariados. Se dice algunas veces que sería ilógico por parte de la mano de obra resistir a una rebaja del salario nominal y no a otra del salario real. Por razones que damos más adelante (p.27) , y afortunadamente como veremos después, aunque esto sea lógico o ilógico, es la conducta real de los obreros"1.
Keynes, dentro de lo que podemos llamar la economía apologética del capitalismo, es pionero en comprender el rol que puede jugar el dinero. Los trabajadores, como cualquier agente económico, solamente pueden tener algún tipo de control sobre el valor monetario de sus remuneraciones. Cuánto pueden comprar con eso, depende de la evolución de los precios, algo que no pueden controlar.
Keynes también comprendió, que los salarios no podrían ajustarse automáticamente ante cambios en los precios: como todo contrato, se rediscute dentro de determinados plazos: cada seis meses, anualmente; a veces ni siquiera.
Por último, aunque Keynes no lo consideró, su argumento se ve favorecido por el rol de las burocracias sindicales, que pueden poner límites a las aspiraciones de mejora salarial de los trabajadores, como viene sucediendo en los últimos años en Argentina, con los techos salariales impulsados por el jefe de la CGT, Hugo Moyano, para todos los gremios que le responden.
Keynes argumentaba que la poca flexibilidad de los salarios a la baja cuestionaba la validez de los postulados clásicos2 que suponían un ajuste automático de todos los precios (incluyendo los salarios) frente a los cambios en la demanda. Pero las implicancias que el propio Keynes destaca van más allá: si son inflexibles para bajar, por los mismos motivos lo son también para subir. Recortar el salario es algo que choca con la resistencia de los trabajadores. Pero cuando lo que baja es el salario real por la inflación, sin que varíe el salario nominal, el efecto es mucho más diluido y la respuesta es más tardía. La resistencia a la baja del salario por inflación, sólo puede realizarse a posteriori, cuando el salario real ya ha caído. Por eso Keynes veía que esto podría servir para "estimular a las empresas" que pueden así sostener o incluso aumentar sus ganancias en la marea de la inflación.
Como vimos, Keynes destaca esto como un factor positivo, "afortunado" para la política económica. Esto puede permitir que aunque los salarios nominales aumenten, los salarios reales estén cayendo. Es decir, esto puede permitir hacer bajar el salario de manera indirecta, haciendo variar el salario real sin que cambie el salario nominal. Como muestra el trabajo del investigador del CEDES Nicolás Salvatore "Argentina 2007. Tasa de Inflación" y como desarrollamos en el suplemento EconoCrítica publicado el 10/04/08 junto con el semanario La Verdad Obrera, esto es exactamente lo que ha comenzado a suceder en Argentina: el salario real cae, aunque los trabajadores sigan consiguiendo aumentos nominales. La inflación es más alta que los aumentos salariales, y por eso se los devora.
En una situación como la actual en Argentina, donde el peso está permanente desvalorizándose, o sea compra cada vez menos bienes, es posible lo que en otras circunstancias podría ser más difícil: que los empresarios ganen en el proceso, aumentando sus precios más que los aumentos de salarios y de costos que tienen que soportar3. Como planteamos en EconoCrítica4, las ganancias empresarias se transforman en estas condiciones en un factor inflacionario. Esto, que a Zaiat, siguiendo a Keynes, podría molestarle mucho menos que una política restrictiva o deflacionaria, no es sin embargo alternativa para los trabajadores. Alfredo Zaiat hace apología y oculta que ha sido una decisión del kirchenrismo, con apoyo de Moyano, poner techo del 19% a las subas de salarios. Sólo gracias a los dibujos del Indec que mostró una inflación de 8.5% anual, estos aumentos aparecieron como una mejora del salario real.
Las variantes de mantener en marcha el crecimiento con una inflación controlada o de enfriar la economía, que Zaiat nos presenta como únicas variantes posibles, amenazan por igual los ingresos de los trabajadores, en beneficio de uno u otro sector económico. Lejos de esperar un "derrame" del crecimiento, o moderar expectativas salariales para evitar que se "derrumbe el crecimiento" como pide la presidenta Cristina Fernández, hoy para los trabajadores en fundamental salir a luchar por lo que el fuerte crecimiento de los últimos años les ha venido retaceando: salario igual a la canasta familiar con ajuste automático por la inflación, y fin del trabajo en negro. De lo contrario, se transformarán en la variable de ajuste para seguir sosteniendo un crecimiento "keynesiano".
1Keynes, Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica Editores, México D.F., 1965, p. 20. El destacado es nuestro.
2Para Keynes los clásicos abarcaban desde Smith y Ricardo hasta Alfred Marshall. Ver Kicillof, Fundamentos de la Teoría General, Eudeba, Bs. As. 2008.
3Decimos que hacer esto les sería más difícil en otras condiciones, cuando no hay un proceso crónico de suba de precios, porque con precios estables y en un marco de competencia con otros capitalistas -que en el caso de los oligopolios en siempre relativo- el empresario se condenaría a vender menos. En cambio en el proceso inflacionario, todos los capitalistas se ponen a subir sus precios en previsión de futuros aumentos de sus proveedores, y con la certeza de que sus competidores harán lo mismo.
4 "Los salarios, Marx, Cristina y la lucha de clases", Juan R. González, EconoCrítica Nº 1, suplemen to de La Verdad Obrera Nº 272
 

 
 

 

miércoles, 8 de junio de 2011

Krugman: las ilusiones del keynesianismo frente a la crisis


El artículo "1937: una comparación muy significativa" publicado en el Blog del IPS, realiza un contrapunto entre las últimas novedades de la economía norteamericana y la situación en la que esta se hallaba a 8 años del crack de Wall Street. Tomando nota de la señal de alarma lanzada por el economista norteamericano Paul Krugman ante las señales de recaída de la economía norteamericana publicadas en los últimos días, que lo llevaron a comparar la situación actual con la de 1937 (año en el cual el abandono de las políticas de gasto que sostenían una muy leve recuperación de la economía norteamericana hicieron que se hundiera nuevamente en recesión para recuperarse recién con la guerra mundial), el artículo de Paula Bach señala la impotencia, tanto de este economista como de otros que también defienden posturas keynesianas, como Joseph Stiglitz o James Galbraith. Aunque son críticos de la actitud conservadora de Obama, cuyo plan de estímulo se caracterizó por la moderación, no han hecho más que señalara la necesidad de hacer más de lo mismo; gastar, sumando unos puntos más de gasto como porcentaje del producto bruto nacional. La idea de fondo de estoy keynesianos es que los problemas de la economía norteamericana no se resolvieron porque Obama no fue lo suficientemente audaz en ese sentido.
Partiendo de la comparación histórica que hace Krugman, la autora muestra que la misma no permite sacar la conclusión de que más gasto público es la receta para salir de la crisis, desmitificando la idea de que los desaguisados causados por el accionar capitalista puedan ser resueltos mediante la acción del Estado, sin apuntar a una trasformación de fondo de las relaciones sociales.
Recomendamos su lectura.

lunes, 14 de abril de 2008

Keynes, la inflación y los salarios

Esteban Mercatante

Instituto del Pensamiento Socialista

www.ips.org.ar

En los últimos días, la teoría económica de Keynes se ha colado en los debates de coyuntura, a propósito del problema de la inflación y las propuestas de enfriamiento de la economía. En su columna titulada "La ortodoxia se viste de Keynes" publicada el 12/04/08 en Página/12, Alfredo Zaiat dirige sus dardos contra los supuestos keynesianos que frente a la actual coyuntura económica, que muchos definen como de "recalentamiento", recomiendan políticas de enfriamiento. Zaiat les critica que "esos postulados de enfriamiento de la economía implican por el lado del gasto aumentar poco o directamente no subir las jubilaciones como si se trataran de haberes dignos, o disminuir la obra pública en un país cuya infraestructura es todavía deficiente, o bajar los subsidios y, por lo tanto, subir las tarifas [...] Otra medida por el costado de los ingresos sería detener la morosa recuperación del salario real de los trabajadores". Para refutar el supuesto keyenesiamismo de estas propuestas, y mostrar su inspiración ortodoxa, recurre a los aportes de Axel Kicillof, es decir a una visión alternativa a la imperante en los manuales de economía sobre los postulados de Keynes. En el artículo, Kicillof señala que "de esta estirpe son las recomendaciones que ofrecen los presuntos keynesianos cuando, ante el aumento de los precios, diagnostican un exceso de crecimiento del Producto y proponen reducir el consumo, la inversión y (si se los dejara hablar lo suficiente) seguramente también el salario". Kicillof recuerda que Keynes bregaba por "evitar las depresiones y conservarnos de este modo en un cuasi-auge continuo".

Esto último es sin duda cierto. Sin embargo, lo que es bastante dudoso, es que Keynes opinara que este camino no implicara una caída del salario real -aunque no del nominal. En ese sentido, y sin proponérselo, Mario Rapoport es mucho más revelador sobre este punto, en su nota "Volviendo a Keynes y la inflación" publicada en Página/12 el 13/04/08. Recuerda que Keynes sostenía que "una modificación del valor de la moneda, es decir un cambio del nivel de precios, importa a la sociedad en el momento en que su incidencia se manifiesta de manera desigual". Rapoport también nos recuerda que reconociendo que tanto la inflación como la deflación son injustas, Keynes preferiría la primera, mientras que se mantuviera controlada, ya que, destaca Rapoport, mientras "la inflación, aligerando la carga de la deuda pública y estimulando a las empresas, ofrece una ventaja que puede ser puesta de un lado de la balanza, la deflación no aporta ninguna compensación". Acá tenemos esbozado un punto que nos parece muy importante en el enfoque keynesiano. Lamentablemente Rapoport no lo desarrolla, sino que se detiene acá. Nos queda a nosotros entonces ahondar en esta pregunta: ¿en qué consiste el estímulo a las empresas que destacaba Keynes?

Por un lado, está considerando que como las empresas se caracterizan por ser deudoras netas, la inflación tiende a reducir el valor de sus pasivos en relación con el capital total, facilitando su pago y aumentando el valor del patrimonio.

Pero hay otro punto que es crucial en el pensamiento de Keynes, y que en el marco de una situación inflacionaria puede actuar de estímulo a las empresas: que el salario nominal puede no cambiar, o incluso puede subir, mientras que el salario real puede estar cayendo. Keynes destacaba que "Ahora bien, la experiencia diaria nos dice, sin dejar lugar a duda, que lejos de ser mera posibilidad aquella situación en que los trabajadores estipulan (dentro de ciertos limites) un salario nominal y no real, es el caso normal. Si bien los trabajadores, suelen resistirse a una reducción de su salario nominal, no acostumbran abandonar el trabajo cuando suben los precios de las mercancias para asalariados. Se dice algunas veces que sería ilógico por parte de la mano de obra resistir a una rebaja del salario nominal y no a otra del salario real. Por razones que damos más adelante (p.27) , y afortunadamente como veremos después, aunque esto sea lógico o ilógico, es la conducta real de los obreros"1.

Keynes, dentro de lo que podemos llamar la economía apologética del capitalismo, es pionero en comprender el rol que puede jugar el dinero. Los trabajadores, como cualquier agente económico, solamente pueden tener algún tipo de control sobre el valor monetario de sus remuneraciones. Cuánto pueden comprar con eso, depende de la evolución de los precios, algo que no pueden controlar.

Keynes también comprendió, que los salarios no podrían ajustarse automáticamente ante cambios en los precios: como todo contrato, se rediscute dentro de determinados plazos: cada seis meses, anualmente; a veces ni siquiera.

Por último, aunque Keynes no lo consideró, su argumento se ve favorecido por el rol de las burocracias sindicales, que pueden poner límites a las aspiraciones de mejora salarial de los trabajadores, como viene sucediendo en los últimos años en Argentina, con los techos salariales impulsados por el jefe de la CGT, Hugo Moyano, para todos los gremios que le responden.

Keynes argumentaba que la poca flexibilidad de los salarios a la baja cuestionaba la validez de los postulados clásicos2 que suponían un ajuste automático de todos los precios (incluyendo los salarios) frente a los cambios en la demanda. Pero las implicancias que el propio Keynes destaca van más allá: si son inflexibles para bajar, por los mismos motivos lo son también para subir. Recortar el salario es algo que choca con la resistencia de los trabajadores. Pero cuando lo que baja es el salario real por la inflación, sin que varíe el salario nominal, el efecto es mucho más diluido y la respuesta es más tardía. La resistencia a la baja del salario por inflación, sólo puede realizarse a posteriori, cuando el salario real ya ha caído. Por eso Keynes veía que esto podría servir para "estimular a las empresas" que pueden así sostener o incluso aumentar sus ganancias en la marea de la inflación.

Como vimos, Keynes destaca esto como un factor positivo, "afortunado" para la política económica. Esto puede permitir que aunque los salarios nominales aumenten, los salarios reales estén cayendo. Es decir, esto puede permitir hacer bajar el salario de manera indirecta, haciendo variar el salario real sin que cambie el salario nominal. Como muestra el trabajo del investigador del CEDES Nicolás Salvatore "Argentina 2007. Tasa de Inflación" y como desarrollamos en el suplemento EconoCrítica publicado el 10/04/08 junto con el semanario La Verdad Obrera, esto es exactamente lo que ha comenzado a suceder en Argentina: el salario real cae, aunque los trabajadores sigan consiguiendo aumentos nominales. La inflación es más alta que los aumentos salariales, y por eso se los devora.

En una situación como la actual en Argentina, donde el peso está permanente desvalorizándose, o sea compra cada vez menos bienes, es posible lo que en otras circunstancias podría ser más difícil: que los empresarios ganen en el proceso, aumentando sus precios más que los aumentos de salarios y de costos que tienen que soportar3. Como planteamos en EconoCrítica4, las ganancias empresarias se transforman en estas condiciones en un factor inflacionario. Esto, que a Zaiat, siguiendo a Keynes, podría molestarle mucho menos que una política restrictiva o deflacionaria, no es sin embargo alternativa para los trabajadores. Alfredo Zaiat hace apología y oculta que ha sido una decisión del kirchenrismo, con apoyo de Moyano, poner techo del 19% a las subas de salarios. Sólo gracias a los dibujos del Indec que mostró una inflación de 8.5% anual, estos aumentos aparecieron como una mejora del salario real.

Las variantes de mantener en marcha el crecimiento con una inflación controlada o de enfriar la economía, que Zaiat nos presenta como únicas variantes posibles, amenazan por igual los ingresos de los trabajadores, en beneficio de uno u otro sector económico. Lejos de esperar un "derrame" del crecimiento, o moderar expectativas salariales para evitar que se "derrumbe el crecimiento" como pide la presidenta Cristina Fernández, hoy para los trabajadores en fundamental salir a luchar por lo que el fuerte crecimiento de los últimos años les ha venido retaceando: salario igual a la canasta familiar con ajuste automático por la inflación, y fin del trabajo en negro. De lo contrario, se transformarán en la variable de ajuste para seguir sosteniendo un crecimiento "keynesiano".

1Keynes, Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica Editores, México D.F., 1965, p. 20. El destacado es nuestro.

2Para Keynes los clásicos abarcaban desde Smith y Ricardo hasta Alfred Marshall. Ver Kicillof, Fundamentos de la Teoría General, Eudeba, Bs. As. 2008.

3Decimos que hacer esto les sería más difícil en otras condiciones, cuando no hay un proceso crónico de suba de precios, porque con precios estables y en un marco de competencia con otros capitalistas -que en el caso de los oligopolios en siempre relativo- el empresario se condenaría a vender menos. En cambio en el proceso inflacionario, todos los capitalistas se ponen a subir sus precios en previsión de futuros aumentos de sus proveedores, y con la certeza de que sus competidores harán lo mismo.

4 "Los salarios, Marx, Cristina y la lucha de clases", Juan R. González, EconoCrítica Nº 1, suplemen to de La Verdad Obrera Nº 272



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