martes, 15 de mayo de 2012

La entelequia de un capitalismo “al 49%”



Si nos pusiéramos un poco horaciogonzalianos, podríamos decir que en la expropiación del 51% de las acciones de Repsol YPF se condensa toda una simbología de como el oficialismo, en su etapa “cristinista” se representa a sí mismo y a su “modelo”: un capitalismo “al 49%”, en el que el Estado mete mano en varios lados, establece algunas restricciones, principalmente para los precios (especialmente en las tarifas de servicios públicos) y toma algunas medidas para, en palabras de Gabriel Palma, “disciplinar a las elites empresarias”, como viene haciendo el Estado a través de los directores designados en su representación en algunas grandes empresas.

Imposturas del "relato"
Es una gran impostura presentar esto como el “modelo” que se profundiza, ya que sus años “gloriosos” de mayor crecimiento económico, del empleo, e incluso de recomposición salarial, se caracterizaron más bien por una política económica administrar los superávits gemelos con intervención limitada. Durante los primeros años K, sus bases centrales fueron: el crecimiento del “excedente de explotación” (plusvalía) privado, el excedente externo (superávit comercial y relativa holgura en la salida de capitales y los compromisos de deuda luego del default), y el excedente fiscal (alcanzado mediante el brutal ajuste del gasto que se dio durante 2002, completando los ajustes kirchneristas). Estos “excedentes” fueron logrados de forma conjunta durante 2002, mediatne la devaluación, y son distintas dimensiones de un mismo ajuste cuyos principales costos los soporto la clase trabajadora. La holgura que trajo este ajuste, sumada a la vigencia de la legislación laboral flexibilizadora, y la perduración de los efectos de las reestructuraciones e inversiones noventistas (que permitieron a muchos sectores crecer con poca inversión) fue lo que explicó el dinamismo y la posibilidad de sostener un elevado crecimiento por un período de duración prolongada sin que se expresaran severas limitaciones. Cuando el “piloto automático” de las conquistas que logró el empresariado a costa de los asalariados empezaron a mostrarse insuficientes, allí apereció el Estado para paliar las contradicciones del esquema. La creciente intervención del Estado, presentada ahora como “virtuosa”, fue en realidad una respuesta “defensiva” ante las contradicciones que empesaron a surgir en el crecimiento económico pos devaluación, allá por el 2006. Recién allí se archivo el “piloto automático + algunas restricciones” por una regulación más amplia. Cuando la inflación superó significativamente los dos dígitos, aparecieron los controles de precios, que rápidamente cedieron paso a la intervención para dibujar los datos del IndeK, acompañada de subsidios a los empresarios para tratar de que aumenten un poco menos los precios.
Sí, no todo el “intervencionismo” K apareció de golpe. Desde la salida de la Convertibilidad permanecieron congeladas las tarifas energéticas. Y sí, también se impulsó desde 2003 algunos tibios aumentos “no remunerativos” del salario, además de mantener los planes Jefas y Jefes implementados masivamente por Duhalde en 2002. Pero fuera de esto, el resto fue pura “macro”, aprovechar los superávit, esterilizar la emisión de pesos que se hacía para comprar los ingentes dólares del comercio exterior, negociar la deuda y pagarla generosamente (lo que luego pasó a denominarse de una forma más nac & pop como “desendeudamiento”). Nadie se escandalizaba durante los primeros tiempos por las remesas de utilidades, no porque estas fueran mucho menores que en 2011, sino porque sobraban dólares para soportarlas. Tampoco durante el gobierno de Néstor (ni el primer mandato de Cristina) se produjo ningún escándalo por la desinversión en petróleo y gas, no porque esta no fuera ya flagrante, sino porque era la forma de que Repsol y las demás petroleras ganaran dinero, dejando para el futuro ver qué ocurría con el entuerto energético. En el caso de las empresas energéticas y demás servicios públicos, nadie encontró durante estos años las virtudes del Estado como administrador (salvo en el caso de AYSA y del Correo, cuando ya marchaban irremediablemente hacia la quiebra). Todo el intervencionismo de la economía política K consistió en poner topes tarifarios, y dejar en manos privadas arreglárselas con esos topes para manejar el negocio. Y bueno, un capitalista casi siempre encuentra la manera de ganar dinero (no siempre, por eso las compañías eléctricas están al borde de la quiebra), sólo que eso no garantiza que los servicios a cargo del capital se puedan sostener en el tiempo. Más bien, en la generalidad de los casos asegura lo contrario. Como planteamos aquí “el Estado estableció algunas restricciones a los privados, especialmente en los servicios públicos, pero sin revertir ni el manejo privado, ni la presencia del capital extranjero en vastas áreas. Como se probó en la energía, y más dramáticamente en el transporte, esta combinación de ‘Estado [burgués] + mercado’ ha sido catastrófica. En el caso de los servicios públicos, el sector energético y combustibles, el Estado sólo hizo la vista gorda ante la evidente desinversión, mientras proveyó fondos para garantizar la rentabilidad. Es decir, una rentabilidad lograda a condición de no invertir, con el aval del Estado”.
La propia motivación de la intervención y del “estatismo” creciente, entonces, fue poner parches allí donde las virtudes del mercado (es decir de los capitalistas nacionales y extranjeros moviéndose por su afán de lucro) ya no creaban más que problemas. Esta motivación última es reveladora del carácter de clase del “regulacionismo” K. El uso de fondos del Estado para subsidiar a distitos sectores del capital (una pata de lo que nosotros hemos definido como “bonapartismo fiscal”) busca solventar desde el Estado una cuota más elevada de plusvalía, por encima de la que los capitales beneficiados por el bonapartismo extraen a sus asalariados, redireccionando recursos de la renta agraria y otras fuentes. Aunque esto tenga como contracara alguns límites a los aumentos de precios o compense mejoras salariales aceptadas por los empresarios, y en ese sentido tenga un efecto “redistributivo” en relación con los asalariados, el objetivo es operar una compensación a los capitalistas. Para que no queden dudas de este carácter de clase, recordemos que ya desde 2006 el gobierno viene impulsando techos a los aumentos de salarios negociados en paritaria, buscando evitar que pasaran el nivel de aumento de precios. Sí, esos salarios que según Cristina aumentan gracias a la política oficial, primero de Néstor y ahora de ella, como si todas las duras luchas de estos años, desde la de telefónicos en 2004, las que se dieron en tantas empresas de la industria y los servicios encabezadas por el llamado sindicalismo de base, las peleas de petroleros y docentes de provincias duramente reprimidos (¿Fuentealba dice algo?) hasta la pelea en el gremio de la alimentación en 2010 por perforar el techo salarial (encabezada por quienes la semana pasada disputaron desde la Lista Bordó la conducción del gremio contra la burocracia de Daer) no hubieran tenido nada que ver.

Las contradicciones de la economía argentina y el fin de los pilares macroeconómicos
La idea de que el accionar del Estado pueda elevarse por sobre las determinaciones contradictorias de la acumulación capitalista -cuya expresión principal en la Argentina es la inflación- y corregirlas, no sólo es teóricamente falaz. El resultado está mostrando una crecientemente impotencia. Si gracias al ajuste de 2002 el gobierno contaba en los comienzos con un importante excedente fiscal para solventar una porción de la ganancia con recursos fiscales, buscando de esta manera afrontar las consecuencias de la inflación, aún esta masa formidable de recursos se mostraría insuficiente con el transcurso del tiempo. Y, cuando los fuertes superávit fiscales empezaron a flaquear producto de siderales aumentos del gasto (cuyas partidas de mayor crecimiento fueron los subsidios a empresas y los pagos de deuda pública), aún estaba ahí la solvencia externa... hasta el año pasado. Contando la salida de capitales y los pagos de deuda, el balance de pagos resultó ligeramente negativo. El Banco Central no pudo reponer los dólares usados para pagar deuda del tesoro, y debió soportar una pérdida adicional.
Este estrechamiento de los recursos que desde el Estado se pueden poner en juego, se dio de la mano de un continuado aumento de los costos afrontados por el capital. Aunque en relación con la clase obrera, la recuperación del salario de estos años (que en menos de la mitad de los gremios superó en los últimos años los niveles de 2001) se dio de la mano de aumentos de la productividad, gracias a los cuales el costo salarial sigue considerablemente más bajo que en 2001 (lo cual se traduce en la limitada recomposición que logró la masa salarial en el producto nacional durante los últimos años), no ocurre lo mismo con otros costos. Allí, la inflación viene haciendo mella.
La posibilidad de administrar esta situación con los mismos mecanismos se dificultó por la situación del sector externo. Hasta hace dos años el superávit comercial (conseguido desde 2002 gracias a un desplome de las importaciones y a un aumento de las exportaciones, en valores y en cantidades, gracias a la demanda asiática) había permitido durante todo el ciclo kirchnerista, afrontar un sistemático déficit en la cuenta capital del balance de pagos (debido a una fuga de capitales que nunca se detuvo del todo y conoció varios períodos de salidas muy elevadas) y en remesas de utilidades, y aún así acumular dólares. Pero esto se erosionó por el constante crecimiento de las importaciones, una evidencia flagrante de que no se revirtió la desarticulación de la economía durante estos años. El año pasado se ingresó en zona crítica, aunque hubo superávit comercial, éste fue muy inferior a lo proyectado, y no alcanzó para compensar la fuga de capitales, las remesas, y los pagos de deuda en dólares. El resultado fue una severa caída en las reservas, que en diciembre cayeron hasta 45 mil millones. ¿Qué implicancias tiene este cambio en la situación externa? Su efecto es restringir la fuente última para sostener el financiamiento en la economía nacional, especialmente del sector público pero eventualmente también del privado.

Heterodoxia y ortodoxia (burguesa), dos variantes de ajuste
Hace algo más de un año planteamos (ver “Tras el discurso triunfalista sobre el “modelo K”, una agenda de normalización y vuelta a los mercados”), que esta situación planteaba para 2012 la necesidad de una de dos alternativas: o búsqueda de acceder al mercado externo emitiendo deuda, o avanzar en la senda del ajuste de gastos. El gobierno ha redurrido a una tercera variante, más “heterodoxa”: taponar las importaciones. La exigencia de declaraciones juradas para las importaciones ha permitido mejorar el saldo del comercio exterior, cuidando los dólares de la soja. La balanza comercial sumó entre enero y abril un saldo de u$s3.978 millones, 30% más que en el primer cuatrimestre de 2011. Aunque sería muy osado extrapolar el resultado de este bimestre hacia todo el año, y proyectar un superávit por arriba de los u$s 10 mil millones, lo cierto es que ha cambio de panorama que había abierto del déficit con el que finalizó 2011. Sin embargo, los apuros en el frente del dólar no parecen solucionados, si juzgamos por la profundización del torniquete a la compra de dólares, y la exigencia a los exportadores de que liquiden divisas en menos tiempo. Pero aún en caso de éxito, el precio es lo que esto podría estar causando en la actividad económica.
Por muy “heterodoxa” que sea esta medida, no deja de ser una variante de política económica recesiva. Los capitales que producen en el país, lo hacen adquiriendo abundantes insumos y equipos en el exterior. Hasta ahora se registraron importantes demoras en la importación de bienes de capital el sector autopartista, componentes electrónicos y bombas, aunque algunas de ellas se destrabaron pasado cierto tiempo. Además del efecto directo sobre la producción que tiene la imposibilidad de traer insumos y equipos foráneos, esta política tiene como efecto poner en duda inversiones, muchas de las cuales dependen de importaciones en gran escala. Para sectores que sólo pueden seguir creciendo con nuevas inversiones las perspectivas se hacen más difíciles.
Este nuevo sesgo recesivo de al menos un aspecto de la política económica, se sumó el menor crecimiento de Brasil, para marcar un fuerte freno al crecimiento de la economía. La industria marcó un crecimiento del 2,6% en el primer trimestre del año frente a igual período de 2011, pero dentro de ella, la industria automotriz tuvo una caída de 4%. También el sector metalmecánico, la industria textil y los sectores de edición e impresión se muestran en caída. Otros sectores muestran aún algo de crecimiento, pero muy debilitado.
La depreciación creciente de la moneda en Brasil podría generar mayores complicaciones. Hasta ahora, el real apreciado fue lo que hizo soportable para el capital local el avance inflacionario. La inflación no sólo eleva los costos. Como el la cotización del dólar el pesos viene moviéndose poco, el aumento acumulado de precios se tradujo en una revalorización del peso en relación al dólar (un dólar tiene mucho menos poder de compra en el país hoy que hace 8 años). Esto significa que el margen de competitividad de los capitales locales se ha ido restringiendo cada año. Esta restricción por el lado de la competitividad hace cada vez más complicado trasladar a los precios los aumentos de costos, lo que hemos definido como una contradicción creciente entre rentabilidad y competitividad. Contradicción que si se mantiene la depreciación del real se irá haciendo más aguda.
Combatiento (junto) al capital
Esta contradicción entre rentabilidad y competitividad explica la triste parábola de los economistas “críticos” que ingresaron al gobierno para “profundizar el modelo”, con el mal timing de hacerlo en tiempos de “sintonía fina”. Como es en la rentabilidad del capital, y su acumulación, donde se ve el talón de aquiles profundo del “modelo”, quienes se presentan como disciplinadores del empresariado, podrían tener que transformarse en defensores de sus márgenes de rentabilidad contra quienes los amenazan, léase los asalariados. Como señala Ámbito, el viceministro de Economía, a quien varios llegaron a llamar Robespierre, aparece como “casi la única alternativa posible para terminar de frenar las embestidas de los sindicatos en las paritarias 2012, e intentar sostener la meta de aumentos salariales del 20%”. Que esto no es pura especulación, lo cuenta un sindicalista citado por el mismo diario, que cuenta que “apareció un pibe sin corbata, con dos aritos, uno en la ceja, y me dijo que el aumento para mi sector tenía que ser de no más del 20%”.
No hay, entonces, capitalismo “al 49%” ni ninguna otra tangente en la cual se pueda preservar las relaciones de producción capitalistas, y a la vez sobreponerse a sus contradicciones mediante la regulación del Estado. Si en tiempos de vacas gordas esta cuadratura del círculo parecería posible, vemos en tiempos menos benignos cómo quienes intententaron esta alquimia pasan sin proponérselo de economistas “críticos” a mandantes del capital.
Frente a estas alternativas de hierro del capital, ya sean ortodoxas o heterodoxas, es necesario fortalecer una alternativa obrera y socialista, que tome como punto de partida liquidar las relaciones de producción capitalistas, “expropiar a los expropiadores” burgueses, y reoganizar sobre nuevas bases el conjunto de la producción social, tomando como base no la ganancia sino las necesidades de los trabajadores y el pueblo pobre.

jueves, 10 de mayo de 2012

PROVINCIAS EN CRISIS FISCAL . La tercerización del ajuste

 http://www.pts.org.ar/IMG/rubon5036.jpgOriginalmente publicado en La Verdad Obrera Nº 474  


El gobierno nacional frenó por el momento el capítulo de “sintonía fina” concentrado en el ajuste fiscal, pero no ocurre lo mismo en las provincias. Santa Cruz anunció la semana pasada que pagaría los salarios que alcancen hasta los $ 9.000, es decir el “61% de los trabajadores”, y el resto se pagará en función de los ingresos. Mientras tanto, son varias las provincias que comenzaron a cancelar contratos con proveedores en cuotas, y en algunos casos emitiendo bonos. También quedaron numerosas obras públicas abandonadas a mitad de camino por los recortes.
La fragilidad fiscal de las provincias es de carácter estructural, y sus raíces se encuentran en las reformas del Estado de los ‘90, que provincializaron la salud y la educación. Por eso la brecha entre la recaudación directa de las provincias y sus gastos no paró de aumentar, y las volvió cada vez más dependientes de la coparticipación. En algunas provincias más del 80% de sus gastos se afronta con fondos coparticipados; en Buenos Aires la coparticipación equivale al 44% de los gastos.
Si por un lado el Estado Nacional se desentendió en los ‘90 de estos gastos que transfirió a las provincias, por otro lado logró una fuerte concentración de recursos tributarios. Entre otras cosas, las provincias cedieron recursos de coparticipación para sostener a ANSES. Producto de esto, el Estado Nacional hoy retiene el 75% de los fondos recaudados de impuestos coparticipables. A esto se suman el impuesto al cheque y las retenciones, ambos excluidos de la coparticipación (con excepción de un 30% de lo recaudado por retenciones a la soja, que desde el conflicto de 2008 por la resolución 125 se reparte entre las provincias a través del Fondo Federal Solidario).
El resultado es que el desempeño de las provincias, y por extensión el de los municipios, está condicionado a los fondos que la nación gire discrecionalmente, como aportes del tesoro nacional. Esta ha sido una herramienta fundamental del “bonapartismo de caja”, que el gobierno nacional puede manejar ampliamente. Pero con el adelgazamiento de la recaudación, estos fondos ya no aumentan como lo hacían, ni siquiera para los gobernadores más cercanos al oficialismo.
Según varias estimaciones, las provincias necesitan financiamiento por $30.000 millones, 30% más que el año pasado. Mientras con la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central el gobierno nacional amplió los medios que le permiten financiarse, las provincias no tienen esa posibilidad. Están por lo tanto forzadas a tomar deuda, aumentar los impuestos o crear nuevos tributos. Para la primera alternativa, enfrentan hoy un costo de endeudamiento que supera los ya elevados niveles de 2011. Y de los tributos que recaudan, los ingresos se vienen deteriorando, producto de los signos de desaceleración de la actividad económica que pueden verse en muchos sectores. En el primer bimestre, la recaudación propia creció 28,6%, cuando el año anterior aumentó 39%. Si calculamos una inflación de 23% o 24%, casi no aumentó en términos reales. Lo mismo la coparticipación: en el primer trimestre aumentó 28%, contra 38% en 2011.
El ajuste que los defensores del “modelo” niegan, corre por cuenta de las provincias. Como ocurrió en los ‘90, es allí donde empiezan a mostrarse las estrecheces que trae el deterioro de la situación. Es necesario rechazar el intento de descargar el peso de esta crisis sobre los trabajadores estatales, y pelear por que sean los impuestos extraordinarios a las grandes fortunas y el no pago de la deuda provincial los que carguen su costo.

jueves, 26 de abril de 2012

YPF-REPSOL. Su expropiación y nuestro programa


http://www.pts.org.ar/IMG/rubon5010.jpgEn La Verdad Obrera Nº 472 desarrollamos, ante la expropiación parcial de YPF SA por parte del gobierno, medida que se ajusta a la perfección a los intereses estratégicos de la burguesía de lucrar con la renta, un programa desde una perspectiva obrera y socialista, que enmarca la cuestión energética en toda una serie de temas urgentes para dar respuesta a las aspiraciones obreras y populares, que exigen, para su cumplimiento, "reorganizar la economía sobre nuevas bases", lo cual "reclama la movilización revolucionaria y un gobierno de la clase trabajadora y el pueblo". Invitamos a leerla en este link

sábado, 21 de abril de 2012

YPF: ¿realmente es un acto de soberanía?

Este sábado estuvimos en Pateando el Tablero, discutiendo con los anuncios del gobierno de expropiación parcial de las acciones de Repsol - YPF. 

Para escucharlo hacer click aquí.




jueves, 19 de abril de 2012

SE REALIZÓ LA VIº ASAMBLEA DE INTELECTUALES, DOCENTES Y ARTISTAS EN APOYO AL FRENTE DE IZQUIERDA

La Asamblea vota el lanzamiento de su primera revista


 El martes 17 de abril se realizó la VIº Asamblea de Intelectuales, Docentes y Artistas en apoyo al Frente de Izquierda en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Ésta estuvo precedida por meses de intensos debates: sobre los distintos agrupamientos intelectuales surgidos en estos meses, sobre la crisis capitalista y la estrategia revolucionaria, sobre Malvinas y la “cuestión nacional” y sobre las oportunidades políticas y la orientación tanto del Frente como de la Asamblea misma, entre los cuales se fueron dando también los primeros pasos para preparar la Revista de la Asamblea, como la declaración de intenciones y los criterios para la integración del comité editorial de la publicación, cuya definición era uno de los ejes centrales de la convocatoria del martes.
Leer completo aquí.

Una ley para volver a la "YPF S.A." (de Menem y Kirchner)

En La Verdad Obrera Nº 471 continuamos discutiendo el compra del 51% de las acciones de YPF S.A. (la vuelta a la situación que dejó la privatización de 1992) y desarrollamos un planteo expropiación del 100% de los capitales de todas las empresas del sector hidrocarburífero, sin pago y bajo gestión obrera. Invitamos a leerlo aquí.

martes, 17 de abril de 2012

La “expropiación” de YPF: El diablo está en los detalles

Finalmente, luego de unos meses de “pirotecnia verbal”, seguidos de algunas medidas sobre posiciones marginales de la petrolera Repsol en la Argentina (aún no se ha concretado la quita de licitaciones de ningún pozo de producción significativa) el gobierno de Cristina Fernández ha ido “por todo”. Bueno, en realidad, ha anunciado que irá por el 51% de “todo”.


Aunque la semana pasada daba la impresión de que el gobierno iba a recular por la fuerte presión del Estado Español, sumada a las dudas de algunos gobernadores, finalmente avanzaron rápidamente, sorprendiendo a los propios españoles, que ayer anunciaban que desde el viernes parecía haber una distensión y un clima de negociación.


El proyecto tiene el rimbombante título de Ley de Soberanía hidrocarburífera. Algo que, reconozcámoslo, poco ha preocupado al kirchnerismo durante estos años, si juzgamos por las felicitaciones recibidas por Repsol y otros popes del sector (como Bulgheroni) durante las gestiones de Néstor y Cristina, al tiempo que la producción caía (desde 1998 en petróleo y desde 2004 en gas), las reservas se deterioraban y también lo hacía el autoabastecimiento. Si definimos el autoabastecimiento por el saldo comercial sectorial, este terminó con el déficit del año pasado en petróleo y gas de 3.029 millones de dólares. Pero mucho tiempo antes, desde la propia privatización, cuando se abandonaron explotaciones poco rentables y se redujo al mínimo la exploración, podía preverse esta tendencia. Como en otros planos, el afán estatista del kirchnerismo ha aparecido acá también sólo cuando las falencias del mercado o y de los empresarios (imperialistas y socios locales) crean una situación insostenible. Digamos, de paso, que la política hidrocarburífera k se caracterizó desde el comienzo por una importante contradicción entre mantener las posiciones del capital privado (y extranjero) en el sector, y poner algunas trabas a la rentabilidad limitando los precios internos (aunque en los últimos años se permitieron fuertes ajustes). El resultado, no podía ser de otra manera, fue la explotación “rentística” de los recursos petroleros cuyas consecuencias saltan a la vista (ya que de lo contrario las empresas hubieran debido resignar ganancias, lo cual no está en su ADN), “modelo” que hasta hace poco la presidenta reivindicaba.

Notemos que, al contrario de lo que afirma Zaiat hoy, el proyecto sólo declara de "interés público" el autoabastecimiento, pero no es equivalente a una declaración de los recursos hidrocarburíferos como estratégicos. No cuestiona ni la "libre disponibilidad" por parte de las petroleras ni "el ruinoso concepto de materia prima (commodity)" como pretende este periodista. En todo caso le pone el límite de garantizar la provisión local, aunque en los hechos esto sólo se traduce en el avance sobre la propiedad de YPF, ya que la ley no menciona ningún cambio sobre las condiciones de explotación del resto de las petroleras.

El nombre de Soberanía hidrocarburífera queda bastante grande para un proyecto que sólo adquiere (pagando peso por peso) el 51% de una empresa que, aunque con posición dominante en el sector, no produce más de un tercio del petróleo, y 30% del gas que se extrae en la Argentina. En el caso del petróleo, la siguen muy de cerca Pan American Energy (17%) Chevron (8%) y Petrobras (7%). En el del gas, Total Austral controla un 25%, Pan American un 11%, y Petrobras un 9%. Sólo en el caso de la refinación de petróleo YPF concentra el 54%, pero acá también Shell mantiene una posición importante (19%) y el empresario K Cristóbal López está en tercer lugar con Oil M&S (9%). Como se ve, una medida que sólo vaya contra Repsol se queda bastante renga, no sólo para controlar efectivamente el grueso de la producción, sino para plantear la más mínima soberanía, cuando el grueso del capital en el sector es de origen extranjero, exceptuando a los empresarios amigos.


Sin embargo, proponen, el proyecto de ley hidrocarburífera vendría a resolver de un plumazo los problemas del sector. Aunque resta ver la implementación de esta ley y cómo operará el Consejo Federal de Hidrocarburos, ya podemos abrir varios interrogantes, que surgen de la propia ley. La misma, por empezar, mantiene a YPF como una sociedad anónima, en el contexto de un sector donde, como vimos, existe todo un conjunto de empresas que intervienen en las distintas fases de la extracción y refinación. Los criterios de rentabilidad conservarán su peso, en un contexto competitivo. Sin cuestionar la preponderancia del capital privado –y extranjero- en el sector, ¿cómo frenar la dinámica de desabastecimiento y alza de precios? ¿Acaso puede YPF SA no continuar el alza de precios? ¿De dónde va a salir el dinero para las inversiones que no hacen los privados, y sin las cuales no va a lograrse ningún “autoabastecimiento”? ¿O es que la “soberanía energética” incluye “tarifazo para todos” (menos para Aerolíneas quizá)? El esquema elegido no parece dejar mucho margen: o se continúa con los ajustes de precios de las naftas, o la soberanía energética quedará para los discursos (aunque los propios ajustes de precios nada aseguran como vimos estos últimos años).


Es en el terreno de las inversiones donde la proyectada “soberanía energética” se muestra más floja. El gobierno reclamaba en días recientes a Repsol que aportara 15 mil millones de dólares en inversiones. Tal vez sea que el Estado va a poner este dinero que no ha desembolsado la compañía. ¿Será tomando el capital de reserva de la compañía, y las utilidades futuras para focalizarlos en inversiones? Es una posibilidad. Sin embargo, hay otras urgencias, y estas suelen concentrar la atención del kirchnerismo. Alguien tiene que hacerse cargo de la factura de importación de combustible de este año, que, todo lo indica, va sumar entre 12 mil y 14 mil millones de dólares. Además, seguramente YPF será llamada a poner el hombro para ayudar a compensar el déficit de Aerolíneas. Todo esto podría rápidamente concentrar buena parte de los recursos ganados con la expropiación, dejando poco espacio para los esfuerzos de mediano o largo plazo, que son los que podrían alterar el balance energético.


Así como ocurre con la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, todo indica que la expropiación parcial de las acciones de Repsol será puesta al servicio de las urgencias, y no de concentrar recursos para enfrentar problemas estructurales. La consecuencia, pasado el tiempo en que estas medidas dan (abundante) oxígeno a la política oficial, es que los problemas siguen allí, sólo que profundizados. El gobierno “nacional y popular” permitió que la dependencia energética se fuera profundizando durante todos estos años, opinando que la holgura extraordinaria de los superávits comercial y fiscal logrados con el brutal ajuste de 2001/2002, duraría por siempre. Como en otros terrenos, la política energética K fue dilapidar recursos en repartirlos generosamente a la burguesía (“nacional” e imperialista) mientras los hubo. No olvidemos los programas Petróleo Plus y Refino Plus lanzados en 2008, que significaron más de 1.500 millones de pesos al año, para subsidiar a las empresas con el objetivo de aumentar la producción (lo que no ocurrió) y que en buena medida beneficiaron a los exportadores, es decir a quienes vendían en el exterior los recursos que acá escasean. ¿Cambiará el ingreso del Estado a YPF esta lógica de la política hidrocarburífera? ¿O dará más recursos para administrar una abundancia poco duradera, y seguir pateando los problemas hacia adelante? Nos inclinamos por la segunda alternativa.


Por supuesto, también está la posibilidad de que el kirchnerismo haga un poco de “frondizismo”, es decir ponga proa al autoabastecimiento, abriendo el juego a otras multinacionales imperialistas. Los recursos no convencionales de petróleo y gas son de tal magnitud que podrían convertir a la Argentina en un país petrolero (gasífero ya lo es), y no sólo un país con petróleo, diferencia sutil pero no desdeñable. Podría conjeturarse si, además de las urgencias inmediatas, la posibilidad de esta formidable renta no fue lo que empujó el súbito fervor soberano del gobierno nacional y los gobernadores.


La dificultad que se presenta, es que la explotación de estos recursos requiere formidables inversiones en tecnología, y tiene largos tiempos hasta que las explotaciones puedan ser aprovechadas económicamente. Esto escapa a los recursos que el gobierno podría dirigir hacia el sector, considerando que ya la compra de las acciones le significará un desembolso considerable. Por eso, como prevé la ley, una “integración del capital público y privado, nacional e internacional, en alianzas estratégicas” podría venir a salvar las dificultades. Es decir, haciendo como Frondizi en su momento, el gobierno podría buscar el autoabastecimiento de la mano de un acuerdo con las privadas. Exxon móvil ha desarrollado en EEUU tecnología que podría permitir explotar el shale oil en el país. Podría cambiarse, entonces, una situación de control de la principal empresa hidrocarburífera por el capital extranjero, a una empresa con mayoría de propiedad estatal que realice leoninos contratos con el capital privado. Al modo como Frondizi logró el autoabastecimiento, alimentando la entrada de las petroleras extranjeras y dando en concesión grandes extensiones (por una supuesta exploración que en realidad ya había sido hecha en buena parte por YPF), aparte de garantizarles cuota de mercado para los productos derivados de petróleo en el mercado interno.


Esta “división del trabajo”, entre el gobierno y el capital extranjero, podría permitirle al primero concentrarse en el corto plazo, usando los recursos de YPF S.A. para salvar en la coyuntura las urgencias petroleras, mientras cruza los dedos a la espera de que el capital extranjero sea quien resuelva los problemas estructurales. La medida “soberana” anunciada ayer, podría derivar entonces en nuevas formas, más mediadas pero no menos onerosas, de dependencia.


A pesar de que lo que busca presentarse como una medida nacional no es más que una transacción de compra y venta, podría abrir fuertes tensiones entre la Argentina y el Estado Español, contando este último con el respaldo de la Unión Europea, y probablemente de otras potencias. Las amenazas ya lanzadas por el gobierno imperialista español y de sus socios de la Unión Europea merecen todo nuestro rechazo. Sin embargo, acá también, tras la pirotecnia, pueda haber una negociación dura (pero negociación al fin), que deje a todos medianamente contentos. Brufau le ha puesto precio en 10.500 millones de dólares a su reclamo, y el gobierno maneja casi la mitad, pero podrían cerrar trato a mitad de camino. No estaría nada mal para Repsol. Equivaldría a algo así como la ganancia neta que ha dejado la empresa en desde 1999, es decir unos 8 mil millones de dólares. Considerando el vaciamiento que han hecho de la empresa, girando al exterior más dólares que los ganados (14 mil millones de dólares), y que a la empresa fue adquirida en 1999 por 13 mil millones de dólares (con la ayuda de una subvaluación de la compañía avalada por el gobierno de Menem), el resultado sería bastante ganancioso, aunque reduciría a Repsol a lo que siempre fue, una empresa refinadora con pocos recursos petroleros propios. Desde el punto de vista del gobierno argentino, en cambio, sería pagar una factura demasiado onerosa para poner fin a una entrega, para lo cual dispondrán probablemente una ingeniería financiera entre la ANSES (vendiendo bonos a cambio de dólares) y el Banco Central (comprando los dólares del ANSES para prestarlos al gobierno), o alguna variante similar. Nuevamente es la plata que no se destina garantizar el 82% móvil, la que de una u otra forma será seguramente utilizada para financiar el ingreso del Estado en YPF S.A.


No habrá soberanía hidrocarburífera si no se avanza en una expropiación sin pago no sólo del 100% de las acciones de Repsol-YPF, sino también del conjunto de las empresas que participan en la extracción y refinación. Esta sería la única vía para hacer una contabilidad general de las reservas disponibles y cortar en lo inmediato toda exportación, a los fines de garantizar en el plazo más corto el autoabastecimiento. También, permitiría establecer en lo inmediato los excedentes disponibles que puedan volcarse hacia la explotación de recursos no convencionales, lo cual merece además un debate sobre las formidables consecuencias ecológicas de estas explotaciones, muy superiores a las de petróleo y gas convencional (debate que, como en el caso minero, cuando hay buena renta en juego el gobierno no está dispuesto a permitir). Pero claro, una iniciativa semejante resultaría “disfuncional” para la burguesía argentina, que a lo sumo aspira a que esta renacionalización parcial le permita morder una parte del negocio petrolero, reeditando en alguna medida el “capitalismo de amigos” que el gobierno viene poniendo en el freezer en algunos sectores (pero no en todos). La vocación “nacional” de la burguesía y el gobierno, no llega a más que buscar una mejor participación en la renta petrolera. La propia historia de YPF, que fue puesta al servicio de la valorización de capital de los contratistas en desmedro de su capacidad operativa, así lo ilustra. Es sólo la clase obrera, acaudillando al conjunto del pueblo pobre, la que puede proponerse una salida verdaderamente nacional y antiimperialista, imponiendo una gestión de estos recursos estratégicos en función de las necesidades, como parte de una reorganización del conjunto de la economía nacional sobre nuevas bases.